ELÍAS BELMONTE, EL MILITAR IRUPANEÑO QUE IMPULSÓ LA PRIMERA NACIONALIZACIÓN PETROLERA




“Serás servidor de tu patria”. El oráculo había marcado su vida cuando, todavía niño, Elías Belmonte Pabón le preguntó sobre la profesión que tendría. Desde entonces su existencia fue una incansable labor por hacer realidad el designio del vidente. La nacionalización del petróleo durante el gobierno de Toro, la revisión del Tratado petrolero con Brasil o la revisión de límites con Paraguay son apenas algunos hitos de ese vertiginoso camino.

Este irupaneño –nacido en 1905- fue un actor fundamental del escenario político boliviano durante la primera mitad del siglo XX, cuando el país -profundamente herido por la Guerra del Chaco- encendía la mecha de la revolución que explotaría en abril de 1952 y cambiaría Bolivia para siempre.

El campo de prisioneros de guerra de Cambio Grande, en Paraguay, fue la escuela política del joven oficial boliviano. La impotencia de ver a la patria derrotada, maniatado por las rejas que lo mantenían cautivo, generó una rápida y profunda toma de conciencia sobre los problemas del país, pero también sobre sus causas y soluciones.

Tras la conclusión de la “guerra estúpida” –como la bautizara Augusto Céspedes-, Belmonte no se quedó de brazos cruzados. Su liderazgo al interior de la logia militar Razón de Patria (RADEPA), sus planteamientos a favor del derecho boliviano a explotar sus recursos naturales y el ímpetu con el que defendía sus ideas nacionalistas, lo elevaron rápidamente a los más altos niveles de la política nacional durante el gobierno de Germán Busch, aunque también empujaron su estrepitosa caída.

Libertad entre rejas

Lo encerraron físicamente, pero no pudieron detener sus ideas. “Las penas que nos ahogaban no eran personales, ni sólo de los prisioneros en Cambio Grande. ¡No! Eran mucho más, eran penas de la patria toda. Nos dolía cruelmente la tragedia de nuestra madre común: Bolivia. Este fue el caldo de cultivo del que emergería un gran milagro”, rememora Belmonte. El milagro era RADEPA.

La logia militar Razón de Patria fue creada en abril de 1934, en pleno campo de prisioneros, por los oficiales Enrique Camacho, José Mercado y Elías Belmonte. Se reunieron, como lo hacían todos los días, pero esta vez querían pasar del lamento por la patria que se desangraba, necesitaban encontrar la manera de evitar nuevos desastres políticos que sigan empujando al país hacia el precipicio.

Desde el principio tuvieron claro que la nueva organización no podía ser el arma para llegar al poder. Esa era, precisamente, una de las causas por las que el país vivía de hemorragia en hemorragia. Es más, definieron que RADEPA debería garantizar la estabilidad de los buenos gobiernos para permitirles hacer gestión en favor de Bolivia.

Definieron cinco “Objetivos Nacionales Importantes”: Que la riqueza petrolera sea explotada por el Estado boliviano, reorganizar los mandos militares una vez finalizada la guerra, enviar jóvenes oficiales a escuelas de guerra de Europa, la creación de un ejército que se dedique a la producción y la construcción, y la apertura de una extensa red carretera que conecte todo el territorio nacional.

Una vez terminada la contienda, RADEPA comenzó a sentar sus reales en el corazón mismo de la institución militar. No se trataba de una agrupación masiva, sino más bien de una organización pequeña, de carácter secreto, que buscaba influir para que la institución armada trabaje para la consecución de los Objetivos Nacionales.

RADEPA comenzó a mover sus hilos durante el gobierno de David Toro y tuvo gran protagonismo en la administración de Germán Busch. Elías Belmonte junto a Gualberto Villarroél comenzaron a influir en la política nacional.

El petróleo, el primer objetivo

David Toro gobernaba el país. No era santo de la devoción de Elías Belmonte, quien siempre fue crítico de su desempeño durante la Guerra del Chaco e incluso de la forma en que manejó el país durante su gobierno. Toro –según testimonio del General irupaneño- le dedicaba más tiempo a la bohemia que a realizar una buena gestión de gobierno, actitud que también habría mantenido durante el conflicto limítrofe contra el Paraguay.

Germán Busch –uno de los militares más destacados durante las hostilidades- y el general Enrique Peñaranda –entonces comandante en jefe del Ejército- habían sido los principales sostenes del Golpe de Estado que llevó a David Toro al poder.

Fue el momento en que los “radepas” decidieron utilizar su fluida relación con Busch para conseguir su primer Objetivo Nacional: Que el Estado boliviano explote sus recursos petroleros. Gualberto Villarroel –más tarde Presidente de la República- y Elías Belmonte visitaron al militar cruceño para convencerlo de la necesidad de romper con la Standard Oil of Bolivia. “Busch nos escuchaba con mucha atención e interés y efectuó varias preguntas, algunas de las cuales insistieron en las regalías, por haberlas escuchado por primera vez”, recuerda.

Meses después, en marzo de 1937, Toro dictaba el decreto de caducidad de las concesiones petroleras que tenía la Standard Oil y Bolivia -cuyos habitantes habían defendido con su sangre el petróleo del Chaco- recuperaba la capacidad de explotar sus recursos energéticos.

Zancadilla a Toro y pie de gato a Busch

El 13 de julio de 1937, Belmonte es citado de urgencia por el coronel Busch al Estado Mayor: Toro había vuelto a sus andadas, hace dos semanas que había abandonado Palacio de Gobierno y se había trasladado a Urmiri, donde se divertía con sus amigos y amigas, descuidando sus funciones oficiales.

Una sección fuertemente armada debería ir al lugar para tomar preso y deportarlo, de inmediato, a Arica, Chile. Pidieron dos voluntarios para cumplir la orden, levantó la mano un Mayor de Ejército y luego el oficial de menor jerarquía que se encontraba en la reunión: “Un tenientito también levantó su brazo, era el mío”, señala Belmonte.

Pero cuando la sección se encontraba en El Alto comunican que la misión había sido cancelada y debía retornar de inmediato al Estado Mayor. Toro había vuelto al Palacio de Gobierno y estaba reunido con Peñaranda y Busch.

Belmonte destaca la gran capacidad natural de persuasión que siempre tuvo David Toro, la que le permitió influir en la oficialidad boliviana desde los tiempos de la guerra. La reunión con los militares más influyentes del Ejército boliviano no fue la excepción. Les convenció que él debería continuar en la Presidencia de la República y, para ganar el apoyo de todas las unidades militares del país, decidió mandar un telegrama pidiendo que cada oficial decida si él debe seguir o no en la primera magistratura de la nación.

La determinación fue comunicada por el General Peñaranda a los oficiales que permanecían reunidos en el Estado Mayor. Belmonte advirtió que se trataba de una trampa, pues, al estar el telegrama firmado por el propio Toro, ningún oficial iba a atreverse a votar por el alejamiento del todavía Presidente de la República. En el acto, el militar irupaneño rompió el telegrama y lo tiró al suelo.

Peñaranda y Busch retornaron a Palacio de Gobierno para comunicar a Toro la decisión de los oficiales, quienes permanecían reunidos en el Estado Mayor. Elías Belmonte estaba convencido de que Toro iba a utilizar nuevamente su capacidad persuasiva para no ser alejado del poder. Más aún, temía que desde la Plaza Murillo se disponga la detención de la oficialidad reunida.

Decidieron dirigirse al lugar y, prácticamente, tomar Palacio de Gobierno. Interrumpieron la reunión entre Toro, Peñaranda y Busch para ratificar la decisión de los oficiales. Nuevamente Belmonte tomó la palabra exigiendo la dimisión de Toro, a lo que éste respondió: “Mi teniente, no me levante la voz”. El militar irupaneño rebatió contundente: “Mi Coronel, no puedo pedirle como plegaria aquello que todos los oficiales exigen indignados: que usted deje la Presidencia de la República”.

Días después, Germán Busch asumió la Primera Magistratura de la Nación, a pesar de la prolongada resistencia de los “toristas”.

Ministro, por obligación

Pese al apoyo otorgado a Busch, los “radepas” habían quedado al margen del nuevo gobierno, tal como les imponía uno de sus principios: no participar directamente en la administración del Estado.

En abril de 1938, RADEPA se reúne de urgencia. Gualberto Villarroel se había informado de que el presidente Busch firmó un Tratado petrolero con el Gobierno de Brasil, cuyo contenido era peligroso para los intereses nacionales. Se entregaba de forma indefinida la mitad del territorio boliviano para que el vecino país explore y explote la riqueza petrolífera boliviana, dejando apenas migajas para el Estado nacional.

Belmonte fue comisionado por RADEPA para conseguir el Tratado y realizar un profundo estudio. Así lo hizo. El informe los dejó perplejos. Bolivia estaba a punto de perder en tiempos de paz lo que había defendido con la sangre de sus hijos. El autor del acuerdo era ni más ni menos que Alberto Ostria Gutiérrez, el hombre más experimentado de la diplomacia boliviana.

Nuevamente los “radepas” enviaron una comisión para reunirse con Busch, con el objetivo de advertirle del riesgo que el país corría. El Presidente, agradecido, pidió a Villarroel ayuda para superar el traspié, antes de que el documento sea público y llegue al Parlamento para ser refrendado.

Solicitó a Villarroel integrarse al Gabinete para ayudar en el debate y convencer a los ministros de modificar el Tratado. Villarroel se disculpó y sugirió que sea el Capitán Belmonte el que cumpla esa tarea, “quien además de sus cualidades de polemista, dominaba el problema del cuestionado Tratado”.

RADEPA obligó al militar irupaneño a ocupar las funciones de Ministro de Gobierno, cargo que Belmonte aceptó con la condición de que saldría del Gabinete apenas se modificaría el documento firmado con Brasil.

Al llegar al equipo de trabajo de Busch, Belmonte sintió en carne propia la forma distinta en que sentían Bolivia las dos generaciones que habían sido marcadas por el conflicto bélico con el Paraguay: Los que habían ido a la guerra y los que estuvieron lejos del campo de batalla; en sus palabras, “los nacionalistas y los colonialistas”.

El joven oficial tuvo entonces un violento choque con quienes –la mayoría al borde de la tercera edad- no habían percibido que el viejo país había muerto en las arenas del Chaco. La confrontación fue tal que Busch tuvo que pedir que Ostria Gutiérrez venga desde Brasil para debatir el convenio.

Belmonte expuso ante Ostria Gutiérrez y el resto del Gabinete, durante tres horas, las observaciones que tenía al Tratado. El diplomático pidió dos días para preparar su respuesta al cabo de los cuales se limitó a decir que no encontró nada en contra de Bolivia y que debía ser firmado de inmediato. El joven oficial reaccionó indignado: “¿Quién es usted para disponer a su estúpido arbitrio de las riquezas pertenecientes al país y a las juventudes del presente que las defendieron en la guerra, y de todas las futuras, firmando un tratado, en que, fuera de muchas otras barbaridades, no tiene ni la limitación de tiempo de duración?”. Acto seguido dio por terminada su intervención y amenazante tomó la puerta de salida.

Los ministros de Busch le cerraron el paso y le pidieron que se quedara. De inmediato se le solicitó redactar las correcciones que iban a ser planteadas ante Brasil y que el propio Ostria Gutiérrez se encargaría de tramitarlas. Así se hizo.

Luego logró apagar la protesta de Santa Cruz por la no aprobación del Tratado, fue enviado a Buenos Aires para negociar el traslado de los hitos fronterizos con el gobierno paraguayo y la salida al Río Paraguay. Sin duda, Belmonte ganaba poder al interior del gobierno y su situación se iba tornando incómoda, tanto para el Gabinete como para el propio Busch.

La ola de rumores de posibles golpes de Estado encabezados por el militar irupaneño, intentos de asesinato y otras confabulaciones lo pusieron en las puertas de Palacio de Gobierno.

“Esto no puede seguir más, se dice que todos comentan de que usted no es sólo el Ministro de Gobierno, sino también el de Petróleos, de Hacienda, Relaciones Exteriores… y que yo soy un estúpido y cobarde al que usted ha ganado la moral y ha convertido en el sillón presidencial sobre el que se sienta y hace lo que en gana le viene. Lo peor de todo es que dicen que usted confirma con palabras dichos comentarios”. El iracundo Germán Busch había decidido expulsar de su Gabinete a Elías Belmonte. Todos los intentos por explicarle la situación chocaron con un “!No deseo escuchar más!”.

“Estoy dispuesto a redactar mi renuncia”, facilitó y Bush respiró. El Presidente ordenó al Secretario redactarla de inmediato a lo que Belmonte respondió que no acostumbra firmar documentos que él no ha elaborado. “!Firma usted el documento o no sale vivo del Palacio!”, advirtió. “!Puede hacer lo que le de la gana, pero esté seguro que prefiero me saquen de aquí muerto antes que consiga usted cometa yo un acto de cobardía!”, replicó. “!Usted firmará!”, gritó Busch empuñando su pistola. “!Sepa que no tiene delante a un cobarde!”, respondió Belmonte empuñando su arma. El desastre se habría producido de no ser por la oportuna intervención de un ministro que se encontraba al otro lado de la puerta.

Elías Belmonte Pabón redactó y firmó su renuncia. Sus enemigos políticos habían comenzado a desplegar su plan de venganza, el que no se detendría hasta sacarlo completamente del escenario político nacional. El vidente que le pronóstico que iba a ser un servidor de la patria no le había dicho que cumplir el designio tendría semejante costo.

El “putsch nazi” o el Golpe de las bicicletas

La rebeldía y la defensa de la patria le pasaron una dura factura al General Elías Belmonte Pabón. Tuvo que vivir 34 años fuera de Bolivia, lejos de su esposa y su tres hijos, prohibido de vestir el uniforme militar y obligado a ganarse la vida como agricultor en España.

Su irreverencia con los sectores conservadores de la política boliviana no se iba a quedar impaga. La caída de Toro, la salida de la Standard Oil, la falta de respeto a la autoridad de Peñaranda, la vergüenza de Ostria Gutiérrez… Eran demasiados malos ejemplos como para dejarlos sin escarmiento.

Era la época en que el mundo hablaba a cañonazos, la Segunda Guerra Mundial teñía de rojo al planeta. Belmonte había sido sacado del país tras su violenta salida del Gabinete de Germán Busch. Su exilio dorado lo padecía en Berlín, Alemania, como Agregado Militar en la embajada boliviana. Era el lugar y el momento perfectos para cobrar la deuda y eliminar a la oposición interna.

El servicio de inteligencia de Estados Unidos descubrió en la valija diplomática alemana una carta enviada, desde Berlín, por Elías Belmonte al embajador germano en La Paz, Ernst Wendler. En ella, el oficial boliviano le decía que todo estaba listo para el Golpe de Estado contra el presidente Enrique Peñaranda, preparado con el apoyo del gobierno alemán. Belmonte llegaría a territorio boliviano en paracaídas y los militares de La Paz, Santa Cruz y Trinidad llegarían a Cochabamba en bicicletas, “ya que los automóviles y camiones son demasiado bulliciosos”.

Pese a la inconsistencia de los argumentos, el gobierno de Peñaranda, con el apoyo de Estados Unidos y los países aliados –enfrentados a Alemania-, rápidamente interpretó la carta como el intento de Hitler de expandir la guerra a Sudamérica. “Los diarios publicaron que el nazismo pretendía instalar en Bolivia ‘campos de concentración, torturas, cancelación de la prensa y del Parlamento, y el trabajo obligatorio’”, afirma el periodista Carlos Valdez, en un reportaje publicado en 2005. “El propio canciller de entonces, Alberto Ostria, escribió que los nazis habían escogido a Bolivia para dominar a Sudamérica”, abunda.

Gracias a la movida político-militar, los países aliados recibieron estaño y otros minerales nacionales a precios subvencionados por Bolivia, y se inició una violenta persecución contra los alemanes, en el país y en el continente. El gobierno de Peñaranda encontró la excusa para reprimir cualquier resquicio opositor, declarando estado de sitio en todo el país.

Al mismo tiempo, Peñaranda cobraba viejas deudas con el “oficialito rebelde” Elías Belmonte Pabón. Sin proceso previo, el oficial irupaneño fue dado de baja de la institución militar y se prohibió su regreso, incluso a cualquier país de Sudamérica. Vanos fueron sus intentos por desmentir la situación. Su suerte ya estaba echada.

Dicen que la mentira tiene patas cortas, también largas, pero las tiene. Décadas después de terminada la guerra, y cuando Belmonte, durante décadas, había permanecido encarcelado en el resto del mundo, un espía británico confesó, antes de morir, que la carta había sido falsificada por el servicio secreto inglés y colocada en la valija diplomática alemana.

Enterado de la situación, el Senado Nacional rehabilitó sus derechos ciudadanos en 1979, el presidente Wálter Guevara Arze le desagravió a nombre de la nación y las Fuerzas Armadas le reconocieron el grado de General.

A su retorno, los Peñaranda y los Ostria ya no estaban en el gobierno, pero habían logrado su objetivo: Sacar del escenario político a uno de los militares que se mostraba como el más influyente de su generación y se distinguía por su profundo amor por la patria.

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