LA MASACRE DE SAN JUAN



Por: Yuri Aguilar Dávalos / Historiador y periodista / Publicado en www.semanarioaqui.com

En 1967 gobernaba el país el Gral. René Barrientos Ortuño, quien legaliza su régimen (surgido de un golpe militar en 1964) mediante elecciones generales realizadas en 1966.
En marzo del 67 se conoce la existencia de guerrillas en el sudeste del país. Paralelamente la situación económica, en especial para los mineros, no era nada buena, pues sus salarios habían sido reducidos desde 1965, además de que muchos trabajadores y dirigentes habían sido despedidos.
En ese ambiente social, los mineros deciden convocar a un Ampliado Minero donde se acuerden acciones para enfrentar al gobierno, recuperar derechos y apoyar al movimiento guerrillero.

Convocan a Ampliado

En asambleas realizadas en Huanuni, Catavi y Siglo XX, el Ampliado es convocado para el 24 de junio, en Siglo XX, donde asistirían también representantes de otros sectores labores y estudiantiles. En esas asambleas ya se había decidido apoyar las guerrillas con medicinas y alimentos y declarar a las minas como territorios libres.

La masacre

De esa manera el 23 de junio ya habían llegado a Siglo XX las diferentes delegaciones, aunque con bastante precaución, pues los organismos represores del gobierno estaban tras los dirigentes.
Esa noche de San Juan, como es tradición, se hicieron fogatas y los mineros de Siglo XX, Catavi y vecinos de Llallagua compartieron esperanzas hasta las primeras horas del día siguiente.
Pero Barrientos, que no estaba dispuesto a que se realice el Ampliado, ordenó ahogar en sangre ese atrevimiento. Antes de las cinco de la madrugada del 24 de junio, tropas del Ejército y agentes de la Dirección de Investigación Criminal (DIC), organismo represor del régimen, ocupan esos distritos mineros disparando a mansalva a quienes se encontraban todavía atizando; pero disparan también a las viviendas de los campamentos, especialmente en el campamento "La Salvadora".
Inicialmente, los mineros creyeron que se trataba de dinamitazos que se hacen habitualmente en esa festividad, pero luego se dieron cuenta de que se trataba de una verdadera masacre. Hubo 26 asesinados y más de cien heridos. La dictadura constitucional había consumado una barbarie más.

La resistencia

Estos hechos no atemorizaron a los trabajadores, pues el mismo 24, en Radio Pío XX, reunidos algunos dirigentes lanzan las primeras demandas: retiro de las tropas de las minas; devolución de la sede sindical y de la radio "La Voz del Minero", asaltadas en esa madrugada; libertad a los dirigentes detenidos y confinados; indemnización a las viudas de los asesinados y exigencia a que no sean desalojadas del campamento; reposición de los salarios a los niveles existentes en mayo del 65.
Dos días después, en interior mina, se realizó una asamblea, donde se decretó Huelga General. Al día siguiente, en el mismo lugar y con la presencia de más dirigentes (en realidad se trataba de un Ampliado) se ratifican las anteriores medidas y además se fija una cuota quincenal de 10 pesos por obrero para gastos del sindicato y para comprar armas; se exige el respeto al fuero sindical y se garantiza el trabajo de los técnicos; también se reestructura el Ejecutivo de la Federación de Mineros, siendo designado como Secretario General, Simón Reyes y como Secretario de Relaciones, Isaac Camacho.

La resistencia

Un mes después, ambos dirigentes y René Chacón, ejecutivo de Siglo XX, son detenidos. Luego, en los primeros días de agosto del 67, Isaac Camacho, es asesinado en las celdas del Ministerio de Gobierno dirigido por Antonio Arguedas, y sus restos desaparecen.

LA INVASIÓN DE BRASIL A CHIQUITOS Y SU DESALOJO POR ANTONIO JOSÉ DE SUCRE



Pocos meses antes de que se fundara la República, cuando aún no se sabía si quedaríamos con Lima o Buenos Aires o formaríamos otro país independiente, la provincia Chiquitos fue anexada al Imperio del Brasil. Este suceso, escasamente estudiado en la historia de Bolivia, era una maniobra desesperada de las corrientes monárquicas por establecer una especie de cabecera de playa para detener el proceso nacional-liberador y revertir el resultado final de la Batalla de Ayacucho. Contaban para ello con el apoyo de la Santa Alianza de las potencias absolutistas europeas y tenían como último reducto las fuerzas comandadas en el sur de Potosí por Pedro Antonio de Olañeta quien esperaba un cargamento de armas precisamente del Brasil.

Estas pretensiones no se cumplieron, entre otras razones, por la fulminante respuesta del Mariscal Antonio José de Sucre. Quince días tardó en llegar la noticia, desde Santa Ana de Chiquitos hasta el Cuartel General de Chuquisaca y la reacción fue inmediata. El vencedor de Ayacucho no solamente tomó las medidas militares pertinentes para reforzar la guarnición de Santa Cruz, sino que en los términos más duros conminó al aventurero carioca Manuel José de Araujo a volver sobre sus pasos. Si no desocupa en el acto la provincia Chiquitos, le amenazó, el comandante de Santa Cruz, coronel Videla, marchará contra usted y no se contentará con libertar nuestras fronteras, sino que penetrará al territorio que se nos declara enemigo “llevando la desolación, la muerte y el espanto para vengar nuestra patria y corresponder a la insolente nota y la atroz guerra con que V.S. lo ha amenazado”.

El general inglés Guillermo Miller, al servicio del Ejército Libertador, recuerda en sus memorias que la pretensión de Sucre era llegar hasta Río de Janeiro para evitar la repetición de cualquier agresión imperial. Miller considera viable la idea puesto que se contaría con el apoyo de los republicanos brasileños contrarios al imperio. Bolívar no aprobó el plan y, además, ya no fue necesario. Araujo puso pies en polvorosa, y por esos días Olañeta fue muerto por sus propios oficiales en desbandada.

Chiquitos, con sus inmensas riquezas y su esplendoroso patrimonio cultural, quedó para siempre en la naciente Bolivia. Esta información está contenida en “La invasión brasileña a Bolivia” de Jorge Ovando Sanz, libro publicado en 1977 por Antonio Paredes Candia y que reclama una urgente segunda edición.

Cinco años después del hecho histórico que relata Ovando, cuando la declaración de la independencia estaba todavía fresca, el naturalista francés Alcides D’Orbigny hizo un recorrido por la región, visitó todas las sedes misionales y junto a sus apuntes científicos sobre la fauna, la flora y las características de la población chiquitana, registró su admiración por los logros de los sacerdotes de la Compañía de Jesús, que perduraban a pesar de que habían ya transcurrido casi 50 años desde que fueran expulsados por la corona española. Los relatos de D’Orbigny, casi día por día, están en su célebre libro “Viajes por América Meridional”.

*Fragmento de la nota escrita por Carlos Soria Galvarro con el título de Chiquito, el 12 de enero de 2015 (carlossoriag.wordpress.com)

40 AÑOS ATRÁS: MINEROS EN DEFENSA DE SUS EMISORAS DE RADIO


Extracto del blog de Carlos Soria Galvarro (carlossoriag.wordpress.com) Febrero de 2015.


Al amanecer del 13 de enero de 1975, hace 40 años, una “operación comando” del gobierno de Banzer destrozó e incautó cuatro emisoras mineras: “21 de Diciembre” de Catavi, “La Voz del Minero” de Siglo XX, Radio “Llallagua” (de la población civil del mismo nombre) y Pio XII (propiedad de la Iglesia Católica). Además, detuvo y trasladó a La Paz a un grupo de trabajadores y a religiosos vinculados a la emisora católica.



A esta provocación le siguió un victorioso movimiento huelguístico de más de quince días. A continuación relato las incidencias de aquel acontecimiento memorable, apoyado en mis recuerdos y en documentos y escritos de la época.



La resistencia democrática



Desde el derrocamiento del general Juan José Torres y el triunfo del golpe de estado encabezado por Hugo Banzer Suárez (21 de agosto de 1971), fueron los mineros los principales protagonistas de la resistencia democrática. Y en particular los de Siglo XX y Catavi.
Ya en enero de 1972 –cuando en todo el país imperaba una sañuda persecución– los mineros de Siglo XX derrotaron al llamado Frente Popular Nacionalista (FPN), un instrumento de la dictadura integrado por la Falange, el MNR y las Fuerzas Armadas. Sus candidatos perdieron en las elecciones sindicales ante un frente único de las fuerzas de izquierda encabezado por Gilberto Bernal.
El directorio elegido en esa ocasión no pudo renovarse hasta 1975, se encontraba debilitado y en crisis, pero los demás instrumentos democráticos de los trabajadores, como las asambleas seccionales, los consejos de delegados, las radioemisoras “La Voz del Minero” y “21 de Diciembre”, no habían dejado de funcionar.
Asimismo, frente a los decretos-ley del 9 de noviembre de 1974 que instauraban el “Nuevo Orden”, poniendo en receso toda actividad sindical y política, fue en Siglo XX donde surgió el primer comité de bases como respuesta a la designación de “coordinadores” sindicales nombrados a dedo desde el Ministerio de Trabajo.
Por todo ello, no era de extrañar la ira gubernamental desatada contra Siglo XX y Catavi.
En rigor de verdad, sólo con la ocupación militar de los centros mineros, el 9 de junio de 1976, se cortó transitoriamente la existencia organizada de los sindicatos y el clima de libertades que los trabajadores habían logrado mantener en este distrito contra viento y marea, desde 1971. Pero esta interrupción duró poco tiempo, pues la resistencia continuó a través de formas diversas hasta que la huelga de hambre de las mujeres mineras, a fines del 1977, desencadenó la movilización general que terminó arrinconando a la dictadura. Enero del 75 fue un hito remarcable en ese largo proceso.



Desacato a la dictadura
El gobierno buscaba debilitar la resistencia de los mineros pues en este distrito no lograba liquidar la organización sindical y mucho menos imponer a sus “coordinadores”, mientras que en otros sectores y minas pequeñas lo estaba consiguiendo. Asimismo, el funcionamiento de las emisoras significaba mantener la libertad de expresión, en momentos en que el país era transformado en un inmenso cuartel, con miles de perseguidos, presos políticos y exiliados, entre ellos más de cincuenta periodistas. Los medios de difusión privados se sometían a la voluntad dictatorial gracias al temor o a la complicidad de sus dueños dando lugar a la práctica generalizada de la autocensura.
Las pocas voces discordantes desde noviembre eran: la posición asumida por la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) respondida por el gobierno con la detención de sus principales dirigentes (Víctor López, Oscar Salas, Irineo Pimentel, Alberto Jara) y la férrea determinación de los trabajadores de Siglo XX y Catavi de no permitir la destrucción de sus organizaciones sindicales de base.
Por otra parte, aquellos días el gobierno preparaba un “paquete” económico antipopular. La acción del 13 de enero venía a ser un preámbulo a esas medidas. Se adelantaban a reprimir a sabiendas de que en estos centros mineros hallarían una dura oposición a sus políticas denunciadas como hambreadoras.
Analizando los resultados, podría decirse que los cálculos de la dictadura resultaron fallidos. Entusiasmada con sus aparentes éxitos iniciales no contó con la firme, unida y combativa resistencia minera, mucho menos que ésta provocaría reacciones en cadena en otros sectores laborales y estudiantiles.



Comienza la batalla



Al amanecer de ese 13 de enero, como era habitual mientras se preparaban para ingresar al trabajo, los mineros encendieron sus receptores de radio y se encontraron con un silencio absoluto. Ninguna emisora respondía. Todas habían sido acalladas pocas horas antes.
De inmediato estalló la protesta, nadie ingresó a trabajar. En el campamento de Siglo XX sonó la sirena del sindicato, se formaron asambleas espontáneas en las calles y en las cercanías de la bocamina. Luego los trabajadores se agruparon y bajaron hacia Catavi en una enorme columna de protesta.
Desde esos instantes me sentí irresistiblemente arrastrado a involucrarme en tales acontecimientos que, como es de imaginar, marcaron profundamente mi iniciación en el oficio periodístico.
En Catavi se realizó la primera asamblea conjunta. Los asalariados de la Empresa Minera Catavi, entonces aproximadamente 5.000, estaban agrupados en dos organizaciones laborales: los sindicatos de Catavi y de Siglo XX.
La agitada reunión aprobó un paro de protesta de 96 horas (cuatro días), no obstante que muchos eran partidarios de ingresar directamente a una huelga general indefinida. Tal era la bronca multitudinaria por el atentado a las emisoras.
Algunos dirigentes reflexionaron sobre el riesgo de ingresar a una situación sin salida, donde se juegan de una sola vez todas las cartas, por el todo o por el nada. Argumentaron que era mejor calcular el probable desarrollo de los acontecimientos, buscar aliados, reforzar la unidad y mantener una movilización permanente.
Según mis recuerdos, en esas primeras 96 horas podía notarse cierta debilidad en la participación de las bases, aunque sí tenían lugar reuniones informales permanentes de los delegados de las diferentes secciones. También la ausencia de una conducción compacta y algo de confusión pues estaban, por una parte, las comisiones de base tanto de Catavi como de Siglo XX, la dirección sindical legítima de Catavi elegida poco antes y lo que quedaba de la cuestionada y prorrogada dirección de Siglo XX. Por otra parte, la llamada Comisión Política cuya representación y atribuciones no estaban claras y que algunos partidos querían legitimar a toda costa a tono con el Frente Revolucionario Antiimperialista (FRA) que habían organizado sin éxito los bolivianos exiliados en Chile.
Al día siguiente se aprobó una enérgica carta abierta al presidente Banzer que me tocó redactar, a pedido de los dirigentes. Allí se planteaban las razones del conflicto y las bases para solucionarlo: devolución y reparación de las emisoras, libertad de los detenidos y respeto a la organización sindical de los trabajadores. La difusión de este documento se confió a la Iglesia Católica, pero sin resultados. Quizá los obispos la entregaron sólo al destinatario y no la dieron a conocer a la opinión pública. ¿O intentaron hacerlo y no lo lograron dada la autocensura reinante?
Otro hecho de alguna importancia en esos primeros momentos fue la conexión radial con el gerente general de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL), general Jesús Vía Soliz. Este “general gerente”, preocupado por la paralización de la producción quería auspiciar conversaciones entre la dirigentes mineros y el gobierno para lo cual ofrecía garantías para que una delegación viaje a La Paz. Daba la impresión que Vía Soliz expresaba una de las posiciones en el seno del gobierno, proclive a dialogar con los trabajadores, en contraposición a los más duros que sólo querían arremeter, representados por el ministro de Trabajo, Mario Vargas Salinas y otros militares.
La iniciativa de Vía Soliz no prosperó, primero por la natural desconfianza de los dirigentes y luego porque muy luego el proponente se endureció pretendiendo el levantamiento de la huelga como condición para dialogar, algo que se rechazó de manera unánime.
Mientras tanto, en el plano nacional el día 14 de enero por la noche el gobierno lanzó sus medidas económicas: congelación de salarios y precios, rebaja de aranceles de importación de algunos artículos como automóviles, heladeras, lavadoras y otros. Según se supo después, sobre el tema hubo profundas discrepancias en el equipo gubernamental y finalmente se lanzaron medidas paliativas que no afectaban bruscamente la economía popular como fue la devaluación monetaria de 1972. Para los mineros significaba que el descongelamiento de los salarios pasaba a ser un objetivo más de la lucha y que ésta atravesaría un periodo más o menos prolongado de avances y retrocesos. Sin embargo, algunas mentes exaltadas del movimiento huelguístico, creían que había llegado la hora de lanzarse a una batalla frontal “hasta las últimas consecuencias”.



Más fuerzas en la lucha



Fue también en esas 96 horas iniciales que comenzaron a surgir las primeras acciones de solidaridad. Hubo paros en la mina Unificada de Potosí y en la Empresa Minera Quechisla (donde los mineros se agrupaban en el Consejo Central Sud). Junto al apoyo a Siglo XX y Catavi los trabajadores de esas minas rechazaban a los coordinadores y estructuraban Comités de Base. Los universitarios de La Paz declararon un paro de 48 horas el 14 por la noche. El día 15 los trabajadores de la fábrica Manaco en Cochabamba entraron en huelga por la detención de sus dirigentes y en solidaridad con los mineros.
Ese mismo día 15 se plegaron al movimiento los trabajadores irregulares o “informales” de la localidad: locatarios, veneristas y lameros. Un total de aproximadamente otras 5000 personas.
Aunque faltaban puntos importantes como Huanuni y los fabriles de La Paz, Siglo XX y Catavi ya no estaban solos, contaban con poderosos factores de aliento.
Al interior del movimiento volvieron a surgir los debates ¿sólo han mejorado las posiciones para conseguir los objetivos iniciales? O, al contrario, ¿estamos en vísperas de de la “batalla final” contra el gobierno dictatorial?



Radicalismo al filo de la masacre



La segunda asamblea general fue el día 16 por la tarde. El gobierno respondía con avisos pagados en la prensa y por Canal 7 (único medio televisivo en esa época). Al parecer sólo hacía maniobras dilatorias para rendir a los mineros por cansancio.
Algunos dirigentes manejaron la idea de proponer a la asamblea que el paro se prolongase por otras 96 horas. Pero los ánimos de la gente eran distintos, lo que ya pude apreciar en la reunión de delegados realizada en la mañana. Casi sin oposición, por abrumadora mayoría, los trabajadores declararon la huelga general indefinida. Al calor de ese tono radicalizado nadie discutió las formulaciones contenidas en el documento aprobado. Ideas como estas:
“…llamamos al país a iniciar desde este momento la huelga nacional indefinida”
“… enarbolamos en alto no sólo nuestros objetivos inmediatos de mejora económicas y sociales, sino también, al mismo tiempo, nuestro objetivo histórico de la toma del poder por la clase obrera”.
Los objetivos iniciales de restitución de las emisoras acalladas y la libertad de los detenidos, prácticamente desaparecían en el horizonte de ese documento. Esto después fue muy criticado y calificado de pura fraseología, pues a partir de una lucha aislada y limitada que se propone defender las libertades democráticas (libertad de expresión, libertad de los presos políticos) y que sobre la marcha se plantea la lucha contra el congelamiento de los salarios, se da el salto y se llama a la huelga nacional “para conquistar los objetivos históricos de la clase obrera”.
Además, tras ese objetivo, en el punto segundo se dice: “funcionamiento, desde este momento, de un comando nacional dirigido por los sindicatos de Siglo XX y Catavi”.
Como esto podría significar un desconocimiento de hecho a las direcciones naturales del movimiento sindical como eran las perseguidas FSTMB y COB, los redactores del documento explicaron después que desde la clandestinidad un miembro del Comité Ejecutivo de la COB había instruido un paro nacional de 24 horas, del que nadie se enteró siquiera y “encomendó” a los sindicatos de Catavi y Siglo XX que dirigieran la lucha. Como es de imaginar, no existían las más mínimas condiciones para ejecutar esas decisiones…
Sólo al día siguiente, 17 de enero, se organizó el Comité Huelga con la representación de las cinco organizaciones sindicales que participaban en el movimiento. A esas alturas estaba claro que ya se habían conseguido dos cosas importantes: perforar el esquema del 9 de noviembre y despertar la solidaridad de varios distritos mineros, de sectores fabriles y universitarios y de sectores de la Iglesia Católica. También ese día el gobierno acusó falsamente a los mineros de haber declarado “territorios libres” a sus distritos con la finalidad obvia de crear las condiciones para desencadenar una masacre. Temor que se corrobora al día siguiente 18, con el cierre total del cerco sobre la región (durante casi 10 días todas las vías de acceso a Llallagua y Uncía estuvieron bloqueadas, suspendido todo tráfico de vehículos y personas).
El grueso de las fuerzas del ejército y la policía se concentraba en Uncía, según se supo más de 2600 efectivos. A la vez, la tensión aumentaba por la circulación de rumores alarmistas, agravados por la ausencia de información radial. Se esperaba una toma violenta de los campamentos en cualquier momento, la huelga continuaba con firmeza, pero había preocupación e incertidumbre sobre lo que podría ocurrir.
En tal situación quedó claro para mí, y seguramente para muchas personas, que no estábamos en las vísperas del “asalto final” a la fortaleza del fascismo y que era urgente encontrar una salida que por lo menos significara un triunfo parcial del movimiento. Pude apreciar sobre el terreno que los que días antes hablaban de “desempolvar los fusiles” comenzaron a decir que había que plantear solamente que no haya despidos de trabajadores. Los que hablaban de “conquistar los objetivos históricos” se lavaban las manos con el argumento de que “sólo el que hace algo puede equivocarse”. Otros decían incluso que había que “renunciar a las familias” y de pronto simplemente desaparecieron para ponerse a buen recaudo…
El Comité de Huelga se ocupaba de mantener la movilización, evitar los signos de decaimiento, seguir buscando apoyos y solidaridad y, al mismo tiempo, procuraba la mediación de la Iglesia Católica para abrir negociaciones y obtener, por lo menos, los puntos principales que habían sido señalados al iniciarse el conflicto. Esto es: resarcimiento del daño a las emisoras, garantías para su puesta en funcionamiento y libertad de los detenidos. Con pocas variantes esos fueron los carriles por los que se desenvolvieron las cosas hasta el final.



Culminación triunfal



En los siguientes días los sucesos importantes fueron: Guardias permanentes en los locales sindicales en forma rotativa a cargo de las diferentes secciones de trabajadores y amas de casa. Llegada de una misión gubernamental el día 22, las negociaciones el día 23 y la posterior ruptura el 24. Los comisionados pidieron hablar con las bases con la intención de rebasar al Comité de Huelga. Se convocó a una asamblea en el teatro de Catavi, donde quedó en evidencia la cohesión de los trabajadores y la firmeza con que defendían sus reclamos. Recuerdo que un trabajador les dijo muy airado a los delegados del gobierno que su familia apagaba el Canal 7 debido a las mentiras que propalaba y sólo lo encendían para ver la telenovela. Los emisarios salieron asustados y con las cajas destempladas por la puerta trasera del teatro.
Se conocieron nuevos apoyos de los distritos mineros de Siete Suyos y Colquiri, también de los universitarios de La Paz (el gobierno clausuró la UMSA por ese motivo).
El día 24 personeros del gobierno lanzaron acusaciones de una supuesta presencia de “extranjeros” que estarían dirigiendo la huelga. El periódico “El Diario” el día 25 anuncia una “reunión de alto nivel de las esferas del gobierno para adoptar medidas enérgicas”. “Presencia” titula su edición de ese mismo día con el anuncio de que “no habrá ocupación militar en las minas”. Pareciera que ambos periódicos expresaban sus propios deseos.
Lo evidente es que, a esas alturas, la huelga minera captaba la atención de todo el país, podía expandirse a otros centros mineros y en el seno de las Fuerzas Armadas no había acuerdo sobre la manera de enfrentarla. El conflicto, según se dijo, ya había ocasionado a COMIBOL la pérdida de más de dos millones de dólares.
En el panorama nacional pesaba también la detención esos días del ex presidente Hernán Siles Zuazo ligado a esfuerzos clandestinos de conformar un frente único contra el fascismo. Además, viendo las cosas a posteriori, puede apreciarse que a Banzer le urgía la solución del conflicto, necesitaba tener las manos libres para ir a abrazar en Charaña a su compinche Pinochet (el famoso encuentro entre los dos dictadores fue el 8 de febrero).
Posiblemente por esas razones, sin descartar los preparativos para una incursión sangrienta, el gobierno volvió al diálogo y no tuvo más remedio que hacer concesiones. La nueva comisión se presentó el sábado 25 y suscribió un borrador de acuerdo un día después. Una nueva asamblea discutió ese borrador el día 26, había desconfianza en el cumplimiento de algunos puntos, se hicieron varias sugerencias incluidas en un aditamento y finalmente se votó la suspensión de la huelga. Mucho antes de que los delegados firmaran el documento, el abogado de apellido España, asesor del Ministerio del Interior, informó a La Paz el fin del paro. Eso mostraba el gran apuro que tenían por acabar el conflicto que ellos mismos habían torpemente provocado.
El lunes 27 se realizó una nueva asamblea donde todavía había una fuerte resistencia a volver al trabajo, existía malestar por el mal estado de los aparatos de radio devueltos por el gobierno esa madrugada y por la tardanza en la llegada de los presos. Al final luego de extensas consideraciones se reiteró la votación de retorno al trabajo. De hecho las actividades productivas se normalizan sólo al día siguiente, 28 de enero.



Lecciones aprendidas



En resumen, la huelga de enero de 1975 protagonizada por los trabajadores mineros de Siglo XX y Catavi, como respuesta a la depredación policíaca de sus radioemisoras (entre las que ya figuraba con todo derecho radio “Pío XII”), fue una primera experiencia de rechazo organizado, unitario y combativo frente a la dictadura que el 9 de noviembre del año anterior había reforzado su estructura autoritaria mediante los decretos del “Nuevo Orden”.
La acción contó con la solidaridad de los mineros de Potosí, Consejo Central Sud, Colquiri y Matilde; los fabriles de Manaco y Flex en Cochabamba; los universitarios de San Andrés y la simpatía de todo el pueblo, amordazado pero no vencido.
Fue un punto alto de la acumulación democrática que desgastó seriamente a la dictadura. Un antecedente auspicioso para las acciones que a fines del año 77 y comienzos del 78 desarticularon el esquema dictatorial.
Como resultados concretos e inmediatos: liberaron a los que habían sido detenidos el 13 de enero, devolvieron los aparatos radiales robados y firmaron un compromiso de resarcimiento de los daños y reposición de los equipos destruidos. Mal que mal cumplieron este último aspecto en los meses siguientes, a cuenta de los recursos de la COMIBOL.
Tres a cuatro meses después las radios sindicales reanudaron sus emisiones y algunas lograron incluso obtener su documentación legal. Radio Pío XII demoró varios meses más, volvió al aire tras difíciles negociaciones de la Iglesia Católica con el gobierno.
Intensas jornadas de lucha que me dejaron recuerdos imborrables, dignos de compartir.



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El libro “Con a revolución en las venas: Los mineros de Siglo XX en la resistencia antifascista” (La Paz, mayo de 1980), recoge vivencias y observaciones de mi permanencia en Catavi y Siglo XX, de 1974 a 1976. Un capítulo de este que es mi primer libro está referido al tema aquí relatado . El diseño de la tapa es de Jaime Sevillano. Salió poco antes del golpe del 17 de julio de 1980 y un tercio de la edición se vendió en el Congreso Minero de Telamayu. La mayor parte del resto fue decomisada e incinerada por la dictadura).


LA HISTORIA DEL REGIMIENTO 50 DE INFANTERÍA LOS "CUCHILLEROS DE LA MUERTE"



Por: Pablo Michel - Investigador e Historiador / Publicado en el periódico La Patria el 29 de septiembre de 2016

Un episodio muy poco conocido que hasta hoy ha sido, la historia del Regimiento 50 de Infantería, más conocido como los "Cuchilleros de la Muerte".
Este regimiento fue creado por un requerimiento especial de los altos mandos bolivianos; resultado de los alarmantes informes que llegaban al Estado Mayor boliviano, sobre las desalmadas prácticas de comandos irregulares paraguayos contra combatientes bolivianos.
Este regimiento 50 de Infantería, debía poner fin a estas prácticas y para ello se nutrió de efectivos provenientes de las cárceles bolivianas y comandadas por oficiales del Ejército y sobre todo carabineros de la Policía.
Un año antes de la creación de este regimiento especial boliviano, se había creado en el Paraguay un grupo irregular denominado los "Macheteros de Jara", este nombre adoptado en relación a su comandante, un cuatrero de nombre Plácido Jara y lo de "macheteros" por el arma favorita de los soldados paraguayos que era el machete, así como el de los bolivianos era el cuchillo bayoneta. Los "macheteros de Jara" habían sido creados con el fin de bajar la moral de los hombres bolivianos… y ¿cómo lo hacían? … de una forma brutal; pues estos macheteros cuando realizaban por las zonas de operaciones, y encontraban a soldados bolivianos perdidos, los degollaban con sus machetes, y cuerpos y cabezas eran colgados en los árboles para atemorizar y desmoralizar a miles de oficiales y soldados bolivianos. 
Se sabe que en una ocasión, un pelotón de bolivianos se topó con veinte cuerpos deshechos por los "Macheteros de Jara", lo que provocó el llanto de jefes como el del propio Bernardino Bilbao Rioja.
En resumen… los "Macheteros de Jara" eran un furibundo grupo de ex forajidos paraguayos que hacían sus correrías contra los oficiales y soldados bolivianos.
Esta fue la razón urgente de los mandos bolivianos para la creación del regimiento 50 "Cuchilleros de la Muerte", que había reclutado en sus filas a los oficiales más terribles y a los delincuentes más avezados, con el fin de bajar también la moral de las patrullas paraguayas.
Cuando los avezados bolivianos del 50 de Infantería, encontraban a los "pilas" extraviados en la zona de operaciones, de inmediato los degollaban con el cuchillo bayoneta de sus fusiles.
Cuerpos y cabezas eran expuestos y además les cortaban los "miembros viriles" y los ponían en las bocas de los infortunados paraguayos.
Estas acciones, hicieron legendario también al "famoso Regimiento 50 de Infantería", porque cuando las patrullas paraguayas se perdían en el Chaco y sorpresivamente escuchaba el grito: "reeeeegiiiimiiieeeentooo ciiincuuueentaaa de infantería, calen bayonetas", tenía dos opciones: escapar lo más rápido posible o la otra era orinarse en los pantalones y esperar a la muerte, según los propios informes paraguayos.
Un día, durante la segunda mitad de 1934, una pequeña patrulla boliviana de apoyo compuesta por seminaristas, el cura del regimiento y sanitarios se perdieron por su desconocimiento y falta de preparación militar. De pronto se dieron cuenta que estaban siendo rodeados por un regimiento paraguayo con más de 400 efectivos y era obvio que iban a ser capturados o, peor aún, muertos por la tremenda desigualdad numérica.
Los seminaristas y los estudiantes de medicina, empezaron a temblar mientras que las antorchas de los cientos de "pilas" se acercaban.
Ya faltaban pocos metros para que los paraguayos atrapen a los bolivianos rodeados, pero… sorpresivamente… se oyó una arenga del joven monaguillo que acompañaba a los emboscados: "Reeeegiiimiiieeentoooo ciiincuueeentaaaaa deeee infaaaanteeerííííííaaaaaa, calen bayonetas"… y milagrosamente los cientos de paraguayos se dieron la vuelta para escapar con los rostros de pánico por todas las direcciones del campo. Este engaño tan oportuno, más producto de la típica picardía cochabambina del monaguillo con "nervios de acero", salvó a este pequeño grupo de incautos religiosos y paramédicos bolivianos.

En el año 1959, esta anécdota fue contada por los protagonistas paraguayos y bolivianos con una coincidencia asombrosa.
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Links relacionados:

BANZER Y PINOCHET, CHARAÑA 8 DE FEBRERO DE 1975



Por: Pablo Peralta M. / Página Siete, 23 de marzo de 2015

"Banzer y Pinochet se darán hoy ‘abrazo de la amistad’”, tituló en su portada el diario Presencia el 8 de febrero de 1975. Ése fue un día que quedó para la posteridad. 
Pero alguien reparó, esa jornada, que la referencia a ese abrazo quedaría en la historia como el símbolo de la negociación que más acercó a Bolivia al mar y que 40 años después recobraría actualidad. 
No es para menos, los diplomáticos consultados coinciden en que debido a los alcances que logró ese proceso, Charaña es una base de tratativas futura y que si le va bien a Bolivia en la Corte de La Haya, se podría reponer el escenario de esa negociación. 

El diplomático Ramiro Prudencio Lizón, quien fue primer secretario en la Embajada de Bolivia en Chile durante ese proceso, sostiene: "Ése ha sido uno de los momentos más importantes de nuestra historia del problema marítimo, haber llegado a un acta en la que Chile reconoce el problema marítimo y está dispuesto a negociar”, afirma.
El excanciller Javier Murillo de la Rocha, quien en esa época fue subsecretario de Política Exterior de la Cancillería, asegura que si Bolivia obtiene los resultados esperados en La Haya, se puede reponer el escenario de Charaña. "Es decir, negociar sobre las bases de Charaña, que fue la negociación más avanzada del siglo XX”, afirma. 
Al menos dos son los elementos en los que radica la gran importancia de esas tratativas, según los consultados: 1) No hubo improvisación, sino una planificación de parte de Bolivia para encarar las negociaciones; y 2) Chile ofreció, de manera formal, una solución concreta. 
Murillo de la Rocha comenta que el proceso iniciado en Charaña obedeció a una "prolija planificación” política-diplomática, la cual tuvo como precedente el apoyo que el país obtuvo con la Declaración de Ayacucho y la creación de la Comisión Marítima. 
A esta última –relata Murillo- se le encomendó elaborar un estudio sobre las alternativas para resolver el centenario problema marítimo. 
En ese marco es que el 26 de agosto de 1975, diplomáticos bolivianos entregaron a sus pares chilenos una propuesta formal de negociación. La respuesta chilena tuvo lugar el 19 de diciembre de 1975, en la que las autoridades de ese Estado expresan, entre otros detalles, su disposición a negociar una franja de territorio al norte de Arica; una de las condiciones es el canje de territorios. 
"Chile se comprometió, mediante notas formales, a cederle a Bolivia un corredor al norte de Arica y si bien estaba sujeto a canje territorial, evidentemente fue un compromiso formal asumido por Chile”, sostiene el excanciller Agustín Saavedra Weise. 
Prudencio Lizón comenta que es muy importante el ofrecimiento de Chile para alcanzar una solución, dado que en anteriores negociaciones se trató todo en reserva. "En Charaña algo fundamental es que hay esa nota del 19 de diciembre en que Chile ofrece claramente, oficialmente, mediante un documento, una salida al mar para Bolivia, plena y soberana”, manifiesta. 
Murillo explica que con la propuesta de Bolivia y la respuesta de Chile se conformó una base global de negociación, y que Chile consultó a Perú sobre las tratativas, en atención a lo que estipula un protocolo del Tratado de 1929. No obstante, Perú hizo una contrapropuesta, que fue descartada por Chile, y la negociación quedó entrampada. 
Pese a los esfuerzos de Bolivia para seguir avanzando en aras de encontrar una solución, no se logró el objetivo. Así, el 17 de marzo de 1978, el Gobierno rompió relaciones con Chile. "El Gobierno de Chile ha abandonado el compromiso esencial que explica históricamente la reapertura del diálogo”, dice parte del comunicado oficial que selló, otra vez, la ruptura de relaciones.


EL AMANTE DE LA NATURALEZA; NOEL KEMPFF MERCADO



Noel Kempff Mercado, cuyo signo predominante fue el amor por la naturaleza, nació en Santa Cruz de la Sierra el 27 de Febrero de 1924. Desde su niñez mostró curiosidad por los campos y los bosques, pero, paradójicamente, se graduó como contador. Después de titularse pasó 20 años viviendo en el campo, iniciándose en las actividades de la apicultura. En su afán por conocer las fuentes del néctar utilizadas por las abejas, se acercó al mundo maravilloso de las flores, su curiosidad le llevó a profundizar sus conocimientos de botánica y de zoología. Luego, alentado a publicar algunas de sus observaciones, se inició como autodidacta en el campo de la investigación y la ciencia, lo que dio lugar a que dictara durante siete años las cátedras de apicultura, horticultura y jardinería en la Escuela de Agronomía de Santa de la Sierra; años en que vio formarse a un grupo de agrónomos que tuvo marcada inclinación por la jardinería a quienes se debe, en gran parte, las áreas verdes de nuestra ciudad.

Fue un conocedor de la geografía oriental boliviana, explorando distintos lugares de interés biológico, en la búsqueda de nuevas especies tanto de fauna como flora. En esta dedicación luchó tenazmente por la conservación de zonas de interés ecológico, impulsando la creación de los Parques Nacionales Amboró y Huanchaca (hoy Noel Kempff M.). Entre las exploraciones que realizó al actual Parque Nacional Noel Kempff Mercado, en 1980, junto con Gunter Holzman, viajó a fin de confirmar la existencia de las cataratas del río Pauserna, que se encontraban en una región poco accesible. Para proteger mejor este parque, presentó ante las autoridades el proyecto de creación del Parque Bi-nacional Caparuch, en la zona denominada Huanchaca, frente a la serranía Ricardo Franco en el lado brasileño. Esta idea, muy avanzada aún para ahora, se conoce como “manejo transfronterizo de áreas protegidas”. 

Entre sus trabajos se destaca como creador del primer Jardín Botánico de Santa Cruz, siendo esta obra sepultada por un turbión del río Piraí. El desastre era previsible ante la falta de un encauzamiento del río, sin embargo el Prof. Kempff no se doblegó, empeñándose de inmediato en la creación de un nuevo Jardín Botánico, de mayor alcance, en la zona de Guapilo, con fines estrictamente científicos. Esta obra, lamentablemente, quedó inconclusa, y aún después de transcurridos más de veinte años de su muerte, sigue sin alcanzar la auténtica categoría de “botánico”, de acuerdo a estándares internacionales. 

El Parque Zoológico de Fauna Sudamericana fue otra de sus grandes contribuciones al ornato de la ciudad, convirtiéndose rápidamente en centro de referencia científico de lo que representa la fauna sudamericana. El Zoológico fue “creado con fines educativos y recreativos, y al mismo tiempo despertar y generar una conciencia conservacionista”. Este espacio público se crea “en un momento en que se hace tan necesario mostrar la importancia de la conservación de la vida silvestre, problema que cada día adquiere mayores dimensiones por el peligro que se corre de perder para siempre este valioso patrimonio que usado racionalmente puede contribuir al desarrollo socio-económico del país”. 

En esta misión que le apasionaba instauró el concepto de emplear especies nativas ornamentales en el arbolado urbano de la ciudad y dirigió la gestión de áreas verdes. Kempff fue autor de varios libros de botánica y zoología, entre los que se destacan obras como Ofidios de Bolivia (1975), Flora Amazónica de Bolivia (1976), Flora Apícola Subtropical Boliviana (1980), Aves de Bolivia (1985). Entre sus investigaciones técnicas de importancia para el desarrollo, está su invalorable aporte al mejor conocimiento de las abejas africanas (Apis elllifera adamsonii), contando con múltiples publicaciones y documentos de investigación, entre los que destacan textos sobre abejas indígenas, murciélagos libadores de flores, primates de Bolivia, etc. Algunos de ellos fueron traducidos a varios idiomas. 

En el terreno del pensamiento, era universal, congregador e incluyente. Por sus ideas amplias y abiertas al mundo, obtuvo capacidad de convocatoria ante la sociedad civil, actitud de interpelación y reclamo ante la clase política de la época, además de un reconocido prestigio ante la comunidad científica internacional. Como defensor inclaudicable de los recursos naturales alertó y denunció sobre los daños y alteraciones ecológicas causadas por la desforestación y la depredación de nuestra fauna por el contrabando de aves valiosas y la cacería de mamíferos en peligro de extinción. 

Fue el primer autodidacta cruceño que ingresó a la Academia Nacional de Ciencias como Académico de Número (1985). Recibió innumerables distinciones en reconocimiento de su proficua labor, entre las que se destacan el título Dr. Honoris causa otorgado por la Universidad Gabriel René Moreno, la condecoración de la Educación Boliviana en el Grado de Gran Cruz y el Premio a las Ciencias Manuel Vicente Ballivián. Resalta entre los homenajes post mortem la conferida Encomienda de Número de la Orden Isabel La Católica, por su Majestad Don Juan Carlos, Rey de España.

Desarrollando trabajos de investigación en el Parque Nacional Huanchaca, con científicos de la Estación Biológica de Doña Ana, España, el 5 de Septiembre de 1986 fue asesinado en la meseta de Caparuch por narcotraficantes. Su muerte ocasionó una conmoción nacional sin precedentes en la sociedad, surgiendo con ello un necesario y reclamado repudio al narcotráfico. Sin embargo, su labor académica e institucional quedó trunca, en diversos grados de desarrollo y concreción. Noel Kempff Mercado se ha constituido en un icono emblemático de la conservación de la biodiversidad y dio un vigoroso impulso al establecimiento de la agenda ambiental cruceña y boliviana, que hoy, mucho tiempo después de su prematuro fallecimiento, se la sigue reconociendo. 

Extracto de: www.boliviabella.com



EL RETORNO DIFÍCIL DE ANTES DEL 82

El 10 de octubre de 1982 comenzó la etapa democrática más larga de la historia de Bolivia y que dura hasta nuestros días.

Por: Mario Espinoza / Publicado en el periódico La Razón, el 10 de octubre de 2012.

Los hechos tienen su base, generalmente, en decisiones económicas y políticas, aunque algún clásico aseguró que la política no es otra cosa que economía concentrada.
Lo que ocurrió en Bolivia a partir del 10 de octubre de 1982 tiene en estos dos elementos el sustento clave para entender los siguientes 30 años de la historia de Bolivia. Todo ello sumado, obviamente, a la circunstancia y al momento que vivíamos en el mundo, con Estados Unidos gobernado por Jimmy Carter, pero siempre basados en la política y la economía.
En lo político, las dictaduras habían tocado fondo, no sólo en Bolivia, sino en el resto de los países de la región. Los gobiernos militares en América Latina habían agotado sus excusas y la sociedad estaba cansada de casi dos décadas de esos regímenes y esperaba ansiosa la apertura total de la democracia.
Con la caída del gobierno de facto de Hugo Banzer Suárez, el 21 de julio de 1978, y hasta la recuperación de la democracia ese 10 de octubre de 1982, se abrió el periodo de mayor inestabilidad política de la historia de Bolivia. En esos cuatro años, el país tuvo nueve gobiernos, ocho presidentes y una junta militar, de los que siete fueron militares y sólo dos constitucionales, los de Lydia Gueiler Tejada, la primera y única mujer presidenta de nuestra historia, y de Wálter Guevara Arze. Cuatro de esos gobiernos se cuentan entre los diez más breves de toda nuestra historia. Eso implica un promedio de un gobierno cada cinco meses y medio.
Nunca antes Bolivia había sido sacudida por tal índice de inestabilidad.
En lo económico, el modelo de Estado instaurado en 1952 mantuvo todavía por muchos años su vigor, y el capitalismo de Estado había sido seguido al pie de la letra por los militares. Y en ese contexto, durante su dictadura, probablemente Banzer fue el presidente que más empresas estatales creó desde las históricas medidas de 1952, merced a la “plata dulce” que llegaba a Bolivia producto de los altos precios de las materias primas, como el estaño, y la entonces recién inaugurada venta de gas a la Argentina. Fue un momento de “estabilidad” económica gracias al “orden, paz y progreso” impuesto por el régimen, en el que ese progreso se medía en el número de edificios que se construían en el eje central. El endeudamiento del país creció y la crisis comenzó a sentirse al principio de los años 80. Fue el principio del final de una época crítica en el país, comandada por militares y acompañada por algunos políticos que, a su vez, formaron parte del sistema democrático.
Entre 1978 y 1980 se convocó a tres elecciones generales. La primera fue anulada tras el escandaloso fraude cometido por el candidato oficialista, el general Juan Pereda Asbún. En 1979, las elecciones dieron casi un empate entre la Unidad Democrática y Popular (UDP), con el 35,99% de los votos, y el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), con el 35,89%. Dicha situación obligó al Congreso Nacional a elegir como mandatario constitucional, aunque ilegítimo, al presidente de la Cámara de Senadores, Wálter Guevara Arze, llamado entonces a constituir un gobierno de transición. Entre la noche del 31 de octubre, cuando en La Paz había terminado la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), y el 1 de noviembre de ese año, vino el golpe de Alberto Natusch Busch, secundado por políticos como Guillermo Bedregal (éste lo admitió años después), que suspendió el gobierno político con la llamada Masacre de Todos Santos.
Aquél fue un intento democrático interrumpido con un centenar de fallecidos, otros tantos desparecidos y 204 heridos. Luego sucedieron la heroica resistencia del pueblo boliviano, la elección en el mando del país de Lydia Gueiler Tejada (entonces presidenta de la Cámara de Diputados), las elecciones de 1980 en las que volvió a ganar Hernán Siles Zuazo con la UDP y el golpe de Luis García Meza del 17 de julio de 1980, que volvió al país a la dictadura. La resistencia dentro de las Fuerzas Armadas a García Meza obligaron a éste a renunciar y luego de un mes de una Junta Militar, conformada por Celso Torrelio, Waldo Bernal y Óscar Pammo, las Fuerzas Armadas “eligieron” a Celso Torrelio Villa como presidente.
Pero la elección era el problema menor comparado a la crisis económica que se avecinaba. Sólo el gobierno de Torrelio trató de enfrentar tímidamente el problema.
Por eso, no extrañó a nadie que la salida a la crisis económica tenga una respuesta política, y a fines de septiembre —a propuesta de la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia (CEPB), algunos partidos políticos y el vespertino Última Hora— el Gobierno decidió convocar al Congreso Nacional elegido en 1980 y que no pudo asumir funciones por el golpe de García Meza. Desde el punto de vista de la UDP, partido ganador de las elecciones de 1980 con un buen margen sobre el MNR y Acción Democrática Nacionalista (ADN), la situación era paradójica, pues si por una parte era evidente que el Congreso Nacional elegiría a Siles Zuazo, por otra no era menos cierto que una eventual elección en ese momento le podía dar una cómoda mayoría absoluta legislativa que no tenía y con la posibilidad de que el MNR-I (Izquierda) vaya sólo a las elecciones, deshaciéndose de sus aliados, el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR) y el Partido Comunista de Bolivia (PCB).
El presidente de facto Guido Vildoso Calderón, que al jurar al mando el 21 de julio de 1982 había dicho que en un año se convocarían a elecciones generales, tuvo que retroceder ante la presión de los sectores políticos y sociales, pero sobre todo con el informe de la situación económica del país y un aparato militar desgastado. Por eso, la convocatoria al Congreso Nacional de 1980 fue cuestión de tiempo, y en menos de dos meses de gestión instruyó a su ministro de Gobierno, el coronel Édgar Rojas, a llamar a los representantes de los partidos políticos para que sean ellos los que decidan sobre el futuro democrático del país. Pero no todo era tan idílico. Había dentro de las Fuerzas Armadas una corriente que se negaba a abandonar el poder a tal punto de que hubo intentos no sólo de continuar ejerciéndolo, sino de hacerlo a cualquier costo.
Finalmente, el 5 de octubre de 1982, los legisladores eligieron a Siles Zuazo por mayoría absoluta, con 113 votos de 146. Fue elegido como vicepresidente Jaime Paz Zamora, que obtuvo 118 votos. Inmediatamente, fijaron la fecha para el juramento de los nuevos mandatarios: el 10 de octubre de 1982. No fue fácil, porque, ante cualquier propuesta, ya se vislumbraban dos bandos que en definitiva serían en el futuro gobierno el oficialismo y la oposición: por un lado, la UDP conformada por el MNR-I (de Siles Zuazo), el MIR (de Paz Zamora) y el PCB (de Jorge Kolle), y, por otro, el MNR histórico (de Víctor Paz Estenssoro) y ADN (de Banzer). El Partido Socialista se mantuvo en una línea curiosa, al margen de la oposición y oficialismo, y los otros partidos aportaron con pocos parlamentarios en ambos bandos.
Así, ese 10 de octubre de 1982 terminaba una de las etapas más turbulentas de la historia republicana y se encaminaba a Bolivia hacia una ruta totalmente nueva, la práctica de una democracia universal regida por la Constitución, que apenas si tenía precedentes.


EL ENIGMA DEL ESTAÑO



Por: José Guillermo Tórrez G. O./ Página Siete, 22 de agosto de 2016 / Guillermo Torrez es ingeniero geólogo y administrador de empresas. jgtorrezgo@gmail.com



Hace más de cien años, la producción boliviana de estaño era insignificante. Las estadísticas hablan de una exportación anual de apenas trecientas toneladas. En la década de 1891 a 1900 creció a más de 9.000 toneladas anuales. El siglo pasado se puede decir de una industria extractiva minera del estaño. En aquellos años el precio de la plata era muy superior al del estaño vendido. Hasta principios del siglo XX la plata era el principal metal boliviano y su valor sobrepasaba 20 veces el valor del estaño. 

Desde el inicio del siglo pasado, el estaño tiene un papel sumamente importante en nuestra economía nacional, éste metal ha sido nuestra bendición, y es virtualmente imposible imaginarse qué hubiera sido de Bolivia sin esta riqueza natural. En las dos primeras décadas del siglo XX nuestra producción había subido de 3.482 toneladas a 20.811 toneladas anuales y el precio, término medio, de 18 centavos de dólar a 43 centavos por libra fina.

Sin embargo, estos antecedentes, como suele ocurrir con cualquier riqueza, resultó ser también la manzana de la discordia, donde se recuerda que el escritor don Augusto Céspedes lo tildó en su libro El Metal del Diablo. En 1939 se fundó el Banco Minero como el principal rescatador de éste y otros minerales. Luego, en 1952, se observó la existencia de tres empresas grandes que se dedicaban a su explotación, conocidos como los barones del estaño y que el gobierno del MNR resolvió nacionalizarlas para crear los que hasta hoy es Comibol. Más tarde, la exportación de minerales encontró severas críticas y se resolvió fundir el mineral en el país, creando la empresa ENAF como el único emprendimiento piro-metalúrgico, hasta nuestros días, con Funestaño. 

No deja de llamar severamente la atención que, durante la segunda guerra mundial, Bolivia entregó su producción de estaño a precios totalmente concesionales como país aliado y exportador a la GSA de EEUU. Para que posteriormente sea esa horrible Espada de Damocles, que a nombre de sus reservas estratégicas, perjudicaba constantemente el desarrollo minero del estaño y el debilitamiento constante a nuestra economía.

Todos estos eventos que se acaban de mencionar han tenido un fuerte impacto en nuestra vida institucional. Fueron base de nuestra política interior y exterior en más de un siglo, que nos llevaron a violentos enfrentamientos en el campo social y político con el resultado de la pérdida de cientos de vidas humanas de valiosos hombres y mujeres. Sin embargo se debe admitir que una apreciación honesta demuestra que los verdaderos problemas con el estaño han sido otros completamente diferentes: fueron la producción y los precios. 

Nuestras minas se están agotando paulatinamente, a pesar de haber exportado más de tres millones de toneladas de estaño en todo este largo y dilatado tiempo. Lo que se ha vendido, no volverá más. No conozco manera alguna para juzgar el futuro, sino a través del pasado. Ya no es un secreto para nadie que el principal yacimiento, Huanuni, tendrá una vida útil de producción sólo por unos pocos años más. Por otra parte, se comprueba que ya no existe una producción, como la de Totoral o de Avicaya, en el cañadón de Antequera en Oruro. Colquiri, con una producción mínima, nos hace ver un panorama sombrío sobre esta producción.

La demanda actual de China, India, Corea del Sur, USA mantienen aún una interesante expectativa de consumo, a pesar de la caída de los precios a nivel internacional de alrededor de los siete dólares por libra fina. Se debe pensar que si se usa una materia prima para fines de intercambio, no se debe creer que la cantidad disponible de esta materia prima crecerá sin límites. Esta situación nos obliga a pedir una política de exploración, prospección, investigación y evaluación, especialmente para nuevos yacimientos de estaño en nuestro territorio. 



28 DE FEBRERO DE 1920.- COMIENZOS DE LA ERA DEL PETRÓLEO EN BOLIVIA



En esta fecha, se dictó una disposición que fue el hito más importante, para la explotación petrolera en Bolivia, a través de un instrumento legal el gobierno de José Gutiérrez Guerra concede una superficie de un millón de hectáreas en los departamentos de Santa Cruz, Chuquisaca y Tarija a la empresa estadounidense Richmond Levering and Company, ya desde entonces un senador vinculado al nacionalismo Abel Iturralde conocido como en centinela del petróleo objetó el contrato a la empresa estadounidense.

HISTORIAS DEL VIAJE QUE CONVIRTIÓ A ERNESTO EN CHE GUEVARA


Clarín reunió a tres de sus compañeros en la travesía que siguió a la registrada en la película "Diarios de Motocicleta". Hacía más de 50 años que no se veían.


CARLOS "CALICA" FERRER, JOSE MARIA NOGUES Y OSCAR VALDOVINOS EVOCAN Al AMIGO A 38 AÑOS DE SU MUERTE

Walter Curia y Ricardo Rios. - wcuria@clarin.com; rrios@clarin.com / Este artículo fue extraído de: http://www.elortiba.org

Cuidámelo mucho a Ernestito". A Carlos "Calica" Ferrer todavía le resuena el pedido, casi un ruego de Celia en la estación Retiro del Belgrano, cuando el tren arrancaba rumbo a Bolivia. Era el reclamo propio de una madre que no se resignaba al destino nómade de su hijo. Calica, el amigo, asintió casi de compromiso. Había una precaria hoja de ruta, pero se respiraba en el aire que ese viaje sería más que una colección de anécdotas y que iba a terminar en un punto no calculado por nadie. Era comprensible: ni Celia, ni Calica, ni el entusiasta puñado de amigos que fue a despedir a los viajeros, podía imaginar que esa travesía iba a convertir al entonces flamante médico Ernesto Guevara de la Serna en el Comandante Che Guevara.

Pasó mucho tiempo desde aquel 7 de julio de 1953. Pero el recuerdo aparece con nitidez en un living de un departamento en el barrio de La Boca, hoy escenario del reencuentro —después de más de 50 años— de tres de los compañeros de aquel recorrido que tuvo para Guevara como estación terminal, tres años más tarde, la inhóspita Sierra Maestra, en la isla de Cuba. Ninguno llegó tan lejos.

Calica, el que subió en Retiro, quiso cumplir con el plan y siguió viaje a Venezuela, separándose de su compinche de la infancia en Guayaquil, Ecuador. Frustrado estudiante de medicina, hoy está retirado de la actividad mercantil. Nunca se retirará de la evocación de su amigo.

José María Nogués, ex ministro de Economía de Tucumán y hoy asesor en finanzas, formó parte de esta historia mientras duró la escala boliviana. Asesor legal de sindicatos y ex hombre fuerte del Partido Intransigente, Oscar Valdovinos compartió el destino de Ernesto hasta la hora del adiós en Guatemala. Fue el último de ellos en verlo con vida.

"Cuando vi Diarios de Motocicleta llevada al cine, me emocionó escuchar a Celia cuando le pide a Alberto Granados (el otro gran amigo del joven Guevara) lo mismo que me pidió a mí", rememora Ferrer. Y agrega: "Mirá qué nene me tocaba cuidar", riéndose de sí mismo. Ernesto y Calica se conocían de una infancia común en Alta Gracia, Córdoba. Ya adolescentes vivieron a pocas cuadras en el barrio porteño de Palermo.

Para los tres, que ya pasaron la barrera de los 70, el Che Guevara es Ernesto. Para los tres, Ernesto era un joven inteligente, culto por encima de la media, de humor cáustico. Para Valdovinos, más directo, cultivaba un "humor jodido".

Pasajeros de segunda clase, en Tucumán subieron a su tren a Nogués. Ya no quedaban rastros de las botellas de vino Toro y el pollo que otros amigos les habían arrimado en Córdoba. Nogués, universitario como ellos, era la llave para entrar a Bolivia: su padre daba cobijo a quienes como él eran exiliados antiperonistas No era éste el caso, sin embargo.

La Argentina despidió a Guevara en La Quiaca con un ataque de asma que estremeció a todo el grupo. No habían servido, estaba visto, los improbables cigarrillos del "Doctor Andreu", que Ernesto fumaba "por prescripción médica".

Bolivia garantizaba emociones fuertes: el gobierno revolucionario de Víctor Paz Estenssoro pretendía cambiar el mundo. Había disuelto el Ejército y se aprestaba a repartir la tierra entre los campesinos, una mayoría indígena que resultaba un enigma para los aventureros, impotentes para franquear el muro de silencio que les presentaban. Ninguno de ellos le encuentra hoy sentido a la decisión del Che de regresar a ese mismo escenario, donde encontraría la muerte una década más tarde.

"Lo de Bolivia se torna inexplicable", dice Valdovinos, que cuando era el joven "Valdo" asegura haber hablado mucho con Ernesto de sus experiencias con los indígenas. Valdovinos ya había pasado por Bolivia en un "tour militante" que arrancó en la Facultad de Derecho de La Plata y terminó en virtual exilio del régimen de Perón.

También se apunta Nogués: "Para mí fue un suicidio". Nogués, el "chicato vendutto" para Ernesto, cuenta un episodio que consigna cualquier biografía rigurosa sobre el Che. "Espolvoreaban a los indios con DDT en los pasillos del ministerio de Asuntos Campesinos para matarles los piojos". Esas cabezas blanqueadas de veneno tornarían crítica la mirada del grupo sobre la revolución. "Nosotros decíamos que era la revolución del DDT", recuerdan hoy.

Ernesto no era fácil de impresionar. Relata Nogués que un día lo encontró haciendo una cola en espera de una cuchara y un plato con los que un grupo de collas comía en la calle. Calica no compartía esos hábitos. "Vos sos un pituco de mierda", le recriminaba Guevara. Empezaba a abrirse una grieta entre ambos.

¿A donde iba Guevara? El plan original era reencontrarse en Venezuela con Granado, que le garantizaba trabajo en un leprosario igual que durante el viaje de la motocicleta. De ahí en adelante todo estaba abierto: "Una noche en el cabaré Gallo de Oro, Ernesto me confesó que quería trabajar allí dos años, hacerse de un toco de guita y luego viajar a París a especializarse en alergia", recuerda Nogués. "Mi asma es alérgica", me decía Ernesto.

En el living de La Boca se amontonan los recuerdos. Bolivia los conectó con otro exiliado: Ricardo Rojo, un radical "progresista", como lo definen hoy, que se había escapado de una comisaría porteña. Rojo no pasa inadvertido en la vida del Che. Muchas veces se cruzaron sus caminos. Pero es un personaje que despierta controversias entre estos hombres. Hablan de una historia negra, de una posible pertenencia a los dictados de la CIA y de un libro sobre el Che plagado de imprecisiones. Jon Lee Anderson, autor de una biografía definitiva de Ernesto Guevara coincide en subestimar el valor de "Mi amigo el Che", de la pluma de Rojo.

Ni las juergas con la alta sociedad paceña de la mano del tío de Nogués ("Gobo", un bonvivant latinoamericano) ni las experiencias en las minas de wolframio detuvieron a Ernesto, el "jefe" de la expedición para Calica.

De los aires revolucionarios de Bolivia pasaron a la dictadura de Odría en Perú, donde los de Alta Gracia conocerían la cárcel, unas horas apenas. Los pocos libros sobre la experiencia boliviana que llevaba Guevara no fueron la mejor carta de presentación y se los confiscaron.

Hay coincidencia en que Ernesto no era por entonces un militante político. "Todos éramos gorilas. Y así como Ernesto era antiperonista, también era anticomunista. Tenía sí una gran sensibilidad social", dice Valdovinos, que conocería a Guevara en Guayaquil, en setiembre de 1953.

Más, Chancho (como le gustaba a Guevara que lo llamaran) se fastidiaba con el calor de las discusiones políticas entre Rojo y Valdovinos, declarado entonces como trotskista. "Déjense de joder, siempre con lo mismo", recuerdan sus rezongos en la pensión de mala muerte que compartían en Ecuador.

Perú había pasado como una exhalación con escalas en Machu Picchu y Cuzco. Las condiciones en Guayaquil eran miserables y ya no había objetos que vender. Pero al menos tenían todo el tiempo del mundo para buscar algún modo de supervivencia.

Valdovinos daba conferencias sobre tango y reforma agraria, tema que le costó algún mal momento con la oligarquía de Cuenca. Ernesto consiguió un conchabo en el puerto de Guayaquil, midiendo las entradas de los buques bananeros. Junto a Valdovinos aparecieron otros dos viajeros también universitarios de Derecho de La Plata: Eduardo "Gualo" García y Andrews "Andro" Herrero, ya muertos.


El proyecto Venezuela se fue al diablo para Ernesto. Los platenses y Ricardo Rojo lo persuadieron de no perderse la experiencia revolucionaria de Jacobo Arbenz en Guatemala. Calica no cultivó resentimiento por el cambio de planes de su amigo. "Sí me dio bronca cuando me envió un telegrama a Quito: ''Llegó barco bananero. Nos vamos con Gualo''. Era el barco de la United Fruit". Enemigos íntimos a bordo.

Valdovinos no sólo se les había adelantado: en la escala Panamá, contrajo un matrimonio relámpago, con Luzmila, la hija de un empinado diputado panameño. Sin autorización del padre de la novia, Valdovinos se fugó y la pareja se reencontró en Guatemala.

Entre la llegada de Ernesto, el 31 de diciembre, y la caída de Arbenz pasaron ocho meses, en los que Guevara contactó por primera vez a exiliados cubanos que escaparon de la muerte en el fallido asalto al Cuartel de la Moncada que lideró un joven abogado en Santiago de Cuba: Fidel Castro. Habían pasado apenas cinco meses de ese episodio, que coincidió con el inicio del viaje aventurero de Guevara mucho más al sur de la región.

La revolución guatemalteca necesitaba médicos. Y los viajeros necesitaban comer, mucho más Ernesto, de un hambre voraz y que solía aconsejar cuando los platos estaban llenos: "Hay que comer por las dudas".

Valdovinos recuerda la expectativa con la que lo mandaron a Ernesto para su primer día de empleo en el Ministerio de Salud, dominado entonces por el comunismo local. "Lo vestimos y lo peinamos como a un chico. Queríamos vivir todos de ese trabajo durante meses", dice.

La ilusión colectiva se derrumbó en días: Guevara se negó a hacer una contribución de su bolsillo, "los sacó cagando" y se mandó a mudar. Cambió el ministerio por la venta ambulante. Ofrecía con singular éxito entre los indígenas locales unos cristos negros que encendían una lamparita en su interior.

Valdovinos no se quedaría a ver el fin de Arbenz y la transformación de Guevara. Volvería a Panamá, ya indultado por su suegro y casado por Iglesia. Ernesto fue el testigo religioso de esa boda.

El gesto le valió que Valdovinos le regalara su traje . Lo bautizó "Oscar", siguiendo la insólita costumbre de ponerle nombre a sus trajes. Dos números más grande de lo que pedía su talla, Valdovinos recuerda a Guevara metido en ese ambo agitado por el viento en la pista del aeropuerto. El hombre que flameaba en ese traje gris tiza tenía por delante en Guatemala sólo un mes más. Lo esperaba un exilio en México y un traje de comandante de la revolución cubana.

LA REVOLUCION CUBANA, LAS MUJERES Y EL AMIGO


Cuando tres hombres de setenta se ponen a hacer memoria

Pero vos has comprado la historia de la CIA!". Calica Ferrer se indigna frente a una insinuación de José Nogués sobre el destino trágico de Camilo Cienfuegos, uno de los líderes de la revolución cubana muerto en condiciones nunca claras, a poco de la caída de Batista.

La discusión se tensa entre los viejos compañeros de viaje de Ernesto Guevara, quienes van a tener visiones diferentes sobre el rumbo del régimen de Castro y hasta sobre los motivos que llevaron al Che a la muerte en La Higuera, Bolivia, hace hoy 38 años.

Ferrer es el más apasionado, el hombre que alimenta al mito del Che contra todo cuestionamiento y quien va a defender cada una de sus decisiones. "El destino quiso que Ernesto muriera así para que hoy sea quien es", dice Calica. Y acuña un comentario agudo: "La clase media argentina admira a Guevara, pero al mismo tiempo el Che los incomoda". Se confiesa "no comunista". 

Nogués es un hombre de espíritu crítico y va a hablar sin contemplaciones sobre la revolución. "Ya en 1964 Ernesto publica un artículo en la revista económica de Oxford, en Londres, con críticas muy duras a los errores económicos de Castro".

Valdovinos, que fue funcionario de Frondizi en los sesenta, se declara un "entusiasta defensor" de la revolución cubana y elogia los logros sociales. Pero cuestiona "la poca flexibilidad de Fidel para instrumentar una política de adecuación" ante la caída de la Unión Soviética y habla de "resquebrajamientos" en el entorno de Castro. Nogués coincide con él: "A su edad, Castro no puede manejar las luchas internas. El sistema es perverso: he estado con cubanos en Londres, respetabilísimos, que han sido liquidados por el poder en La Habana".

Tres hombres de más de 70 años hablan de lo que fueron sus vidas a los 20. Mencionan al primer peronismo como "una democracia fuerte", una figura que va a ser festejada, hablan de las dictaduras de derecha y de las experiencias "populistas" en los 50. Cambian ironías sobre sus actuales estados.

—Nunca he podido escribir sobre Ernesto. Me niego —admite Valdovinos.

—¿Por qué? —colabora Calica con los periodistas. 

—Tendría que ser crítico de su pensamiento político.

Valdovinos fue el único de ellos que alcanzó a ver al Che como personaje. Fue en la casa de Celia, la madre del comandante, el 18 de agosto de 1961, cuando llegó de incógnito a la Argentina para entrevistarse con el entonces presidente Frondizi en Olivos. Fue apenas un abrazo: Guevara debió huir ese mismo día de una Argentina y un Gobierno sometidos por el partido militar.

Aparece en la conversación la peruana Hilda Gadea, la primera mujer de Ernesto, clave en su formación política. "Era fea como un susto", asegura uno de ellos. Los tres justifican el casamiento de un tipo exitoso con las mujeres en la contención que Gadea sabía darle durante sus feroces ataques de asma. Pero en la pareja había un magnetismo intelectual indiscutible.

Fin de cena y brindis. "Por los amigos. Y sobre todo, por aquel que nos convocó". Ernesto. 
Fuente: Clarín, 13/10/05



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