TITÁNICO RECORRIDO DE GREGORIO COLLQUE TRAS LA OCUPACIÓN DE ANTOFAGASTA EL 14 DE FEBRERO DE 1879



Chasqui, mensajero, postillón, estafeta, ‘El Goyo’, son los distintos denominativos que se ha dado al personaje que, tras la ocupación de Antofagasta el 14 de febrero de 1879, tuvo la importante misión de trasladarse a la ciudad de La Paz para informar de lo acontecido al presidente Hilarión Daza. Para esa época el territorio boliviano contaba con escasas rutas, caminos de herradura y un incipiente telégrafo en la costa; sin embargo, estos sistemas de comunicación tenían la terrible desventaja del tiempo. El mapa de Bolivia de 1859 permite observar rutas zigzagueantes, surcadas por caminos de herradura, que encuentran su complejidad por la abrupta característica de los distintos terrenos. A todo lo señalado se suma el tiempo que implicaba el trasladarse de una región a otra.



Frente a la realidad de la invasión chilena y las limitadas condiciones en los sistemas comunicativos se empleó la tradición prehispánica del correo andino: “El Chasqui”. A pesar de los cambios estructurales producto del período colonial y republicano esta tradición continuó, ya que para fines del siglo XIX fue sino la única, la mejor alternativa para informar al presidente Daza lo acontecido en el puerto de Antofagasta.



No se tienen datos personales del indígena Gregorio Collque, no se tiene conocimiento de su lugar de origen y año de nacimiento, lo cierto es que este personaje debió poseer las condiciones físicas y el conocimiento necesario de la topografía de la región, rutas de conexión y atajos, para que se le hubiera encomendado la tarea de trasladarse hasta la ciudad de La Paz, recorriendo alrededor de 76 leguas en seis días, desplazándose por desiertos, llanuras, cerros, cordilleras nevadas, quebradas y ríos con la única y sagrada misión de llegar a la brevedad posible a la Paz, para informar al presidente Daza de la invasión del Litoral boliviano.



Este mensajero recorrió senderos que en parte fueron propios del “Qapac Ñan” o Camino real (de gran importancia para el gobierno incaico en su labor de controlar el vasto territorio del Tawantinsuyu). Collque se trasladó utilizando los medios existentes en cada lugar, en su titánico recorrido a pie para llegar lo antes posible a La Paz.



Tres días después, el miércoles 19 de febrero, en Arica se encontraron el coronel Zapata y el cónsul boliviano Manuel Granier, quien desde Tacna se trasladó a este puerto para confirmar la noticia que llegó por telégrafo, mensaje enviado desde Iquique, que daba cuenta de la invasión.



Granier enterado de la situación redactó una correspondencia urgente para el Gobierno con la intención de que ésta llegue lo antes posible a La Paz. Es en estas circunstancias, evaluando la manera más rápida de informar al Gobierno, se decidió encomendar esta tarea al Chasqui indígena Gregorio Collque, quien partió rumbo a la ciudad de La Paz a primeras horas del día jueves 20 de febrero.



Desde Tacna se trasladó hasta Palca recorriendo 11 leguas. Geográficamente la región presenta deformaciones y poca vegetación. El día viernes 21 se desplazó de Palca a la posta de Uchusuma recorriendo 14 leguas. No conocemos las vicisitudes que tuvo que pasar ya que en la frígida región existen cerros puntiagudos, ríos, cordillera nevada sin vegetación ni valles, es lo más alto.



El sábado 22 se trasladó de Uchusuma a Chulluncayani (provincia Ingavi del departamento de La Paz) recorriendo 14 leguas. La región se caracteriza por quebradas, valles, ríos, riachuelos y terrenos en descenso. El domingo 23 (fecha en la que se iniciaban los festejos del carnaval) se trasladó de Chulluncayani al pueblo de San Andrés de Machaca, recorriendo 13 leguas por un terreno con quebrada, ríos y pampa. El lunes 24 partió de San Andrés de Machaca a Tambillo, recorriendo 14 leguas desplazándose por un terreno plano y regular con pocas deformaciones. El martes 25 partió desde Tambillo a la ciudad de La Paz recorriendo 10 leguas por terreno irregular llegando al Palacio de Gobierno pasada las once de la noche.



Al no hallar al presidente Daza en Palacio se dirigió a la casa del coronel José María Valdivia, quien era Intendente de Policía, allí entregó la correspondencia dirigida a Daza. El Presidente informado de lo acontecido se dirigió de inmediato a Palacio de Gobierno. Al parecer:



“Los invitados, ante la extraña conducta del Presidente y edecanes que salían apresuradamente de la casa, rodearon a Colque, que había quedado en la casa, interrogándole sobre lo ocurrido. Les comunicó cuánto sabía sobre el asalto del puerto de Antofagasta”.



El miércoles 26, el Presidente y sus colaboradores directos tomaron distintas medidas de emergencia nacional para hacer frente a la invasión chilena. El jueves 27, desde el púlpito de la Iglesia de San Francisco se dio a conocer la noticia de la invasión, que terminó en una multitudinaria manifestación que culminó en la plaza de Armas. El viernes 28 se publicó en el periódico “El Comercio” sobre los sucesos de Antofagasta dando a conocer las primeras medidas, entre estas se declaró la ley de amnistía amplia y generosa para todos los perseguidos y detenidos políticos, se declaró a la Patria en peligro por lo que se llamó a la unidad y a la pronta acción.



Queda decir, en palabras de Don Gastón Velasco, que: “El (…) estafeta Gregorio Collque, más comúnmente conocido como ‘el Goyo’ fue el héroe sufrido de esta titánica jornada de vencer 74 leguas en seis días, cruzando desiertos, precipicios, cumbres cordilleranas, la soledad matadora de la altiplanicie, sin un descanso, sino el preciso de acampar solitario”.



Por: Verónica Salomé Colque Jiménez, estudiante de la carrera de Historia de la UMSA.



LA INVASIÓN AL ALTO PERÚ POR TROPAS BRASILEÑAS



Un destacamento de las tropas imperiales al mando de Araujo é Silva, sin previo aviso invadió la Provincia de Santa Cruz de la Sierra e intimó al Gobernador independiente de esa provincia don José Videla para que la evacuase la provincia sin demoras, amenazándolo, en caso de desobediencia en talar al país y pasar a cuchilla la guarnición, pero allí no paró el asunto, tuvo la imprudencia de amenazar también nada menos que al General en Jefe del Ejército Unido, Antonio José Sucre, bajo cuya protección se habían puesto las provincias altoperuanas. El cumanés, que no se andaba por las chiquitas le devolvió la afrenta y le escribió:
CUARTEL GENERAL ENCHUQUISACA, A 11 DE MAYO DE 1825
Al señor comandante en jefe de las tropas del Brasil en las fronteras de Chuiquitos,
Don Manuel José Arenales:
“La nota que Vd. se sirve dirigirme el 26 de abril acaba de llegarme a mis manos. El comandante Ramos gobernador de Chiquitos, no sólo carecía de facultades para ninguna negociación con Vd., sino que no tenía ninguna credencial para entrar en relaciones con el gobierno extranjero. La entrega que ha hecho de la provincia de Chiquitos a Vd. es una traición y una perfidia; y Vd. ha cometido una agresión injusta en ocuparla. La provincia de Chiquitos perteneciente a estos territorios, y puesta bajo las armas libertadoras, no pueden recibir otra autoridad que las que se les destine por su gobierno legítimo.
“No puedo persuadirme que Vd. tenga órdenes del gobierno del Brasil para la invasión que ha hecho; y la conducta de Vd. que marchando de mano armada a posesionarse de un modo usurpador de esa parte de nuestro país, sin haber precedido una notificación de guerra ni explicación alguna, es la violación más escandalosa del derecho de gente y de las leyes de las naciones, y un ultraje que no sufriremos tranquilamente.

“Nuestro gobierno desea el mantenimiento de la paz y de la más estrecha amistad entre los gobiernos americanos; pero no teme de nadie la guerra: poco ha que acaba de humillar diez y ocho mil soldados de sus más orgullosos enemigos, y su ejército están dispuestos para hacerse respetar y castigar a los injustos.

“Prevengo pues, al señor comandante general de Santa Cruz, que si Vd. no desocupa en el acto la provincia de Chiquitos, marche contra Vd. y no se contente con libertar nuestra fronteras, sino que penetre en el territorio que se nos declara enemigo, llevando la desolación, la muerte y el espanto para vengar nuestra patria, y corresponde a la insolente nota y a la otra guerra que Vd. ha amenazado.

“Reservo el derecho para elevar los reclamos sobre este suceso al gobierno supremo del Brasil.”
Sucre quien siempre fue un hombre ecuánime, al recibir la nota grosera del comandante de las tropas del Brasil José de Araujo y su invasión al Alto Perú lo hicieron salir de sus casillas, reaccionó violentamente, como nunca lo había hecho en su vida, ordenó al coronel Francisco López del Regimiento de Lanceros que marchase con todas las fuerzas que tenía a Santa Cruz para no solo resistir a los brasileros sino para invadirles su territorio y llevarle la guerra, la muerte y la desolación en venganza de la agresión y del ultraje que nos ha hecho. Añadió Sucre: “Nuestra intención es tomarle el Mato Grosso y llevar el espanto a esos injustos enemigos....”

Dice un dicho:
¡Dios nos guarde de la furia de los hombres pacíficos!
Inmediatamente después el coronel López fue en auxilio de la provincia invadida.

Sucre, también le dio similares ordenes al comandante general Videla para que levantase guerrillas y aniquilase a los brasileños y lo autorizaba a invadir el territorio brasilero, agitar las masas para que se lazaran contra el imperio. De todo esto le dio cuenta al Libertador, quien abrazó la vía diplomática para resolver el asunto, y tomó sus precauciones porque temía que no hubiese sido un acto espontáneo de Araujo sin autorización de la corte de Río Janeiro e informó a los gobiernos de México, Colombia y Chile del suceso, y le sugirió a ellos volver a reunir un Congreso en Panamá.

La actitud de Sucre tuvo los resultados que él, sus tropas y los altos peruanos esperaban: Aterrorizó a las autoridades de Mato Grosso por el proceder de Araujo y las consecuencias que le estaban trayendo, anularon el convenio mediante el cual se anexaba Chiquitos al territorio de Brasil. Araujo fue depuesto, pero en su retirada hizo desastres, saqueando las poblaciones por donde pasaba, y por esa conducta el gobierno imperial del Brasil lo removió de los puestos de confianza que ocupaba.

Invasión del Alto Perú por tropas del Brasil:
Mientras el comandante José Araujo invadió con sus tropas al Alto Perú, territorio que posteriormente sería la República de Bolivia, hubo un brasileño que se destacó por la lucha de la independencia de países que liberó Simón Bolívar, el fue José Ignacio Abreu y Lima, nacido en Recife el 06-04-1794 y murió en Pernambuco el 08-03-1869. Abrue de Lima fue descen-diente de familia noble y acaudalada, y perdió toda su fortu- na por haber participado su padre en el movimiento revo-lucionario por la independencia. Abreu de Lima logró huir, junto con su hermano Luis a los Estados Unidos auxiliado por la masonería, de allí continuó su viaje a la Guaira, atraí-do por el renombre de Simón Bolívar. En 1818, Abreu y Lima, ofreció sus servicios mili-tares como capitán, grado ob-tenido en Brasil y fue aceptado por el Libertador en Angostura en 1819, durante la vigencia del congreso del mis-mo nombre. Luego participó en el equipo de redacción del Correo del Orinoco. En 1819 estuvo con Bolívar en la Cam-paña de Apure, en la marcha de paramo de Pisba, tomando parte en la batalla de Gamaza (11 de julio). Pantano de Var-gas (25 de julio) y Boyacá (7 de agosto) Siempre al lado del Libertador, actuó en la batalla de Carabobo (24 de junio 1821), donde fue herido en el pecho. Participó en las operaciones navales en la toma de Maracaibo (1823). Bajo las órdenes del general Páez estuvo en acciones contra de Puerto Cabello (08-10-11-1823). Su amistad con Bolívar, conjuntamente con otros oficiales extranjeros, generó recelos e intrigas; el perio-dista Antonio Locadio Guzmán director de Ar-gos, publicó un ataque anónimo contra Abreu y Lima (1825), de quien recibió repuesta cate-górica y violenta. Guzmán le entabló juicio y logró que lo condenaran 6 meses de prisión en el castillo de San Carlos del Zulia (octubre de 1825).
A pesar de estar desilusionado y ansioso de volver a Brasil, independiente desde 1822, decidió quedarse para defender a Colombia la Grande, que estaba amenazada a desintegrar-se; sirvió de intermediario entre Francisco de Paula Santander y José Antonio Páez, en el intento de reaproximarlos. Ante la imposibilidad de reconciliación, se inclinó por la fidelidad a Bolívar, aceptando seguir a Ecuador y combatir en la batalla de Portete de Tarquí (27-02-1829) al lado del Gran Mariscal Antonio José de Su-cre. Ya coronel, recibió del mismo Bolívar auto-rización para defenderlo en Europa de los ata-ques de Benjamín Constant. Escribió el Resumen histórico de la última dictadura del Libertador Simón Bolívar, comprobada con documentos, que distribuyó en panfletos; organizó el periódico La Torre de Babel, en (Colombia), en defensa de Bolívar. Cuando finalmente se desintegró la Gran Colombia (1830), acompañó a Bolívar a Santa Marta con Daniel Florencio O’Leary, Mariano Montilla y algunos otros. Asumió por órdenes del Libertador, el Estado Mayor del departamento de Magdalena; aplastó a los rebeldes en Río Hacha, inclusive al bando de Pedro Carujo. El 9 de agosto de 1831 fue expulsado en compañía de otros oficiales extranjeros, por decreto del ministro de Guerra de Nueva Granada.

Gil Ricardo Salamé Ruiz es economista. ARGENPRESS.info



LOS ZUDÁÑEZ, LOS HERMANOS REVOLUCIONARIOS QUE NO DEJARON DESCENDENCIA



Así como Pedro Domingo Murillo y Salazar es el héroe de la insurrección del 16 de julio de 1809 en La Paz, Jaime Zudáñez Ramírez es el símbolo de la revolución del 25 de mayo del mismo año en La Plata, hoy Chuquisaca. Más aún, los tres hermanos Zudáñez fueron y son sinónimo de rebeldía y de libertad, pero no se conoce descendencia de ellos en la actualidad. 

La historia relata que esa tarde noche del 25 de mayo, ante los aprestos para derrocar al presidente de la Real Audiencia de Charcas y gobernador intendente, Ramón García de León y Pizarro, éste ordenó la detención de sus enemigos, entre ellos los hermanos Manuel y Jaime Zudáñez. Todos tomaron sus recaudos, menos Jaime, que fue el único que cayó en manos de sus captores, lo que provocó la indignación de la ciudadanía.

La petición de auxilio que dio lugar a la protesta fue hecha por la hermana, Mariana Zudáñez. Fue así que cuando se liberó a Jaime, las autoridades ya no pudieron frenar la revuelta, que terminó en enfrentamientos. El abogado fue llevado en hombros y se convirtió en héroe accidental. Y sucedió algo que había sido planificado, tras la renuncia y apresamiento de García de León, se instaló una especie de junta de gobierno que tomó el mando político y militar. Ello duró hasta el 25 de diciembre.

Esa fecha llegó el nuevo presidente, Vicente Nieto, y así la revolución tuvo su episodio final. Y apenas iniciado 1810, vino el encarcelamiento de los insurrectos.

Los hermanos Zudáñez corrieron esa suerte en febrero. Seis meses después, el 24 de agosto, Manuel falleció en su casa, donde purgaba detención. Jaime fue remitido al penal del Callao (Perú), de donde salió en diciembre. Sin dinero, se fue a Chile, en agosto de 1811.

Allí, escribió una proclama democrática y moralista bajo el pseudónimo de José Amor de la Patria, llamada Catecismo Político Cristiano. Ello le valió influencia política y ser secretario de la asamblea que redactó el reglamento constitucional de 1812. Siete años más tarde, en Argentina, fue parte del diseño de la Constitución. Después, igualmente participó en la elaboración de la Carta Magna de Uruguay, donde murió en 1832.

No hay rastro conocido de algún Zudáñez en Chuquisaca, en Bolivia, ni en algún otro país. Así lo demuestra el historiador Fernando Suárez Saavedra, quien con sus investigaciones reveló hace años que entre los tres hermanos de padres españoles (Manuel Ignacio Zudáñez de la Quintana y Manuela Ramírez de la Torre), Jaime no era el segundo —como decían versiones de otros estudiosos— sino el benjamín, porque nació un 26 de julio de 1772, mientras Manuel lo hizo en 1765, y Mariana, en 1770.

Pesquisa. Según Suárez, Mariana se casó en 1785 con Manuel Merizalde, con quien tuvo a su única hija: Teresa, quien contrajo nupcias en 1801 con Mariano Vásquez, y así llegó a este mundo José María. Pero Teresa falleció en 1802. Desde entonces, el luto se ensañó con la familia Zudáñez porque José María, quien era criado por su abuela Mariana —que murió en 1830—, dio su último suspiro al año de nacido. 

En Argentina, en 1819, Jaime y Juana Crespillo tuvieron a Benjamín Ezequiel, que tras el fallecimiento de sus progenitores en 1832 y 1834, respectivamente, en su oficio de marinero, murió ahogado en 1839. Por su parte, Manuel tuvo un retoño junto a una india, Mercedes Miranda, un amor que no fue aceptado por sus padres. La niña se llamó Feliciana, quien tras el entierro de Benjamín, en 1839, pugnó por quedarse con la casa de su familia en la ciudad de Sucre.

No tuvo suerte. Y lo único que se sabe de ella, explica Suárez, es que se casó con un tal “doctor De la Rúa” y ambos erigieron su hogar en la calle Azurduy de Sucre. “Hace falta un estudio genealógico para hallar a su descendencia en la actualidad”, comenta el historiador, quien subraya que de Jaime Zudáñez, el héroe chuquisaqueño, no hay ni sus restos que pidió, en su testamento, que sean enterrados en un cementerio de Uruguay, en 1832.

Al final, Suárez concluye que la historia ha sido benigna con Jaime, a pesar de haber sido un revolucionario muy mesurado y cauto, a diferencia de Manuel, que era muy radical. Pero ni él ni Mariana, que levantó a las masas ese 25 de mayo, tienen siquiera una calle con su nombre en Sucre. Tal vez porque Manuel murió apenas acabó la rebelión, y Jaime —que nunca volvió a Chuquisaca desde 1811—, sembró los ideales de libertad también en Chile, Argentina y Uruguay.

El homenaje llegó medio siglo después

De acuerdo con las averiguaciones del historiador chuquisaqueño Fernando Suárez Saavedra, las primeras recordaciones de la revolución del 25 de mayo de 1809 y de sus héroes, recién llegaron medio siglo después de ese hecho histórico. Tras una revisión hemerográfica, el también periodista señala que desde los años 60 del siglo XIX, los chuquisaqueños desenterraron lo ocurrido en la fecha y la participación de próceres como los hermanos Jaime y Manuel Zudáñez, Bernardo Monteagudo y otros. “Es un fenómeno tardío y extraño. Parece que en esa época, los chuquisaqueños buscan su identidad a través de sus líderes, héroes, para sentirse identificados. Otro dato interesante es que la prensa empieza a hablar de la heroína Juana Azurduy de Padilla, recién desde los años 1900”, complementa.

Esta nota fue publicada en el periódico La Razón 25 de mayo de 2012.



LA HISTORIA DE LOS DUELOS EN BOLIVIA



Este artículo fue publicado en el periódico El Diario el 22 de Mayo de 2012

Un día como hoy pero de 1966, una noticia conmovió a la ciudadanía paceña, los diputados Dick Oblitas de F.S.B. y Rodolfo Luzio, del P. S. D., luego de una acalorada discusión se retaron a un duelo con armas de fuego.
El duelo se realizó en Aranjuez, por entonces un pequeño descanso situado muy cerca de la ciudad de La Paz. Acudieron al lance de honor muy puntuales los retadores. Luzio disparó su arma al aire y Oblitas dejó caer su pistola sin disparar, felizmente no había corrido sangre en el lugar. Los dos diputados por temor a sufrir la excomunión a la que habían sido sentenciados por la Iglesia dejaron sin efecto este duelo. Enviaron cartas de contrición al Obispo con promesas de no repetir tamaño pecado.
Sin embargo, este caso nos trae a la memoria el lance de honor que sostuvieron entre los Senadores Adolfo Trigo Achá y Emilio Fernández Molina, un 4 de diciembre de 1909.
Los dos senadores se habían enfrentado verbalmente en el Congreso, Adolfo Trigo Achá, había propuesto un proyecto de ascenso del ex presidente Ismael Montes, al grado de General de División, que por entonces ostentaba el grado de coronel. El Senador Adolfo Trigo Achá se oponía tenazmente a esta propuesta y llegó a retarlo a un duelo a su oponente político. El Senador Molina aceptó ir al campo de honor para sostener allí con su vida lo que había propuesto en el Senado y el artículo de prensa que había escrito y que su retador consideraba ofensivo a su dignidad.
A las cinco y treinta de la tarde del 4 de diciembre de 1909, al pie del Montículo de Sopocachi, los dos duelistas de espaldas comenzaron a contar los veinticinco pasos acordados previamente, luego ambos giraron y se escuchó retumbar el sonido de un disparo, y se vio caer el cuerpo del Senador chuquisaqueño Emilio Fernández Molina. Un segundo disparo en la cabeza terminó con la vida de Molina. Al día siguiente los periódicos dieron la noticia que causó profunda consternación en la población paceña.
Otro duelo que conmocionó al mundo de la literatura fue el de Alejandro Puschkin. Poeta ruso que nació en 1799.
Se cuenta que este poeta se había enamorado de una bellísima mujer y tiempo después se casó con ella. Por un tiempo la pareja vivió feliz hasta que en 1836, Puschkin recibió un anónimo en el que decía que su mujer le era infiel. Luego de descubrir al autor de la intriga, éste le retó a un duelo, del que el poeta salió perdedor, fue herido de muerte y agonizó durante dos días. Finalmente, el 29 de enero de 1837 se produjo su trágica muerte.
Durante tres días el pueblo desfiló ante el cuerpo del gran poeta muerto en el apogeo de su genio literario, víctima de un enredo absurdo.

DAZA Y LA ‘QUINTA COLUMNA’


Pintura al óleo:  "LOS COLORADOS DEL OCHENTA" de  Avelino Nogales

Por: Guido Roberto Peredo Montaño / Sociólogo y periodista


Ya con Antofagasta en su poder, Chile denuncia “haber descubierto” un tratado “secreto” entre Perú y Bolivia; pero además, acusa al país de violar el Tratado de 1874, en el que Melgarejo se comprometió a no cobrar ningún gravamen extra a las compañías mineras en nuestro litoral. Para 1878 la producción y las ganancias de las empresas mineras se cuadruplicaron, según expone el historiador chileno Óscar Bermúdez, en su libro Historia del Salitre; desde sus orígenes hasta la Guerra del Pacífico (1963).



Sobre el famoso tratado, Isaac Tamayo, en su libro Habla Melgarejo (1884), detalla que a pocas semanas de haberse firmado el acuerdo “secreto” entre Perú y Bolivia, el diplomático chileno Carlos Walker Martínez consiguió una copia del documento. En noviembre de 1873 el embajador chileno en Argentina, Blest Gana, por intermedio del cónsul brasileño (Barón de Cotegipe) obtuvo otra copia; es decir que Chile conocía la existencia de ese tratado años antes de tomar Antofagasta.



Édgar Oblitas Fernández (el historiador más riguroso de Bolivia) en su libro Historia Secreta de la Guerra del Pacífico (pág. 108-112) describe que Aniceto Arce, Luis Salinas Vega; Gabriel René Moreno y Narciso Campero intercambiaban mensajes secretos con el Alto Mando Militar chileno (hasta con el propio presidente chileno Domingo Santa María, mediante intermediarios). La versión de Oblitas Fernández es verídica; el hijo del presidente chileno Ignacio Santa María, en su libro Guerra del Pacífico (1920) expone las cartas entre Arce, René Moreno y Siles Salinas con agentes chilenos.



Gonzalo Bulnes y Santa María (hijo) dejan entrever que el trabajo de los “agentes” prochilenos se inició antes de la toma de Antofagasta. Narciso Campero, comandante de la Quinta Columna del Ejército boliviano, la mejor equipada, formaba parte del plan llamado “Bases”; pues Campero, en acuerdo con Arce, evitó ir al campo de batalla, para apoyar el asalto que Daza y Prado planificaron; Campero, Arce, Luis Siles, y René Moreno, confabularon contra la patria.



Aquí la clave: el 2 de noviembre de 1879 en Pisagua, Chile, se desplazaron casi 10.000 soldados bolivianos bien armados; los batallones bolivianos Victoria e Independencia custodiaban el puerto; la relación de fuerzas era de uno contra 100. Las fallas estratégicas cometidas por el general Buendía, en Pisagua, ocasionaron a la larga la dispersión en San Francisco y la retirada de Camarones, de la cual hasta hoy historiadores desafortunados achacan a Daza. El general Buendía dejó intacta la vía férrea, además de pozos de agua y alimentos al escapar de Pisagua. El historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna sostiene que en Pisagua los bolivianos vendieron cara su derrota, pues se trataba de un puerto clave. Diego B. Arana y Mackenna coinciden en que el 8 de noviembre el general Daza sale de Arica hacia Camarones; pero las tropas de Daza se rindieron ante el desierto. Entonces, el 11 y el 14 de noviembre, Buendía recibe la orden de “Atacar sin trepitar” (de inmediato); sin embargo no acata la orden, a pesar de la superioridad de sus fuerzas. Así, gracias al tren, el invasor refuerza filas y toma el morro anticipadamente.



Barros Arana, en su libro Historia de la Guerra del Pacífico 1879-1880, confirma que Daza comunicó a Prado la imposibilidad de llegar Camarones a tiempo. Un grupo de avanzada chileno tomó el telégrafo en Iquique y por ello sabían con precisión nuestros movimientos. Santa María (hijo) describe que las reuniones entre Aniceto Arce y Luis Siles con agentes chilenos se realizaban en Iquique. Arana en sus textos dice (pág. 56-73): “Muy variado comentario hacen los historiadores peruanos y bolivianos sobre Daza en episodios de la Guerra; en Camarones, hizo lo que cualquier militar experimentado haría”. En 1880 el expresidente peruano Ignacio Prado, en Consejo de Guerra, admite su responsabilidad en Camarones... no culpa a Daza por el episodio.



Esta nota fue publicada en el periódico La Razón el 19 de febrero de 2015.

5 DE ENERO DE 1929.- LLEGADA A BOLIVIA DE ERNST RÖHM


Ernst Röhm, era un militar homosexual que fue muy cercano amigo y colaborador de Hitler, incluso se dice que fue su mejor amigo. Röhm fundo la S.A. (traducible como Sección de Asalto o grupo paramilitar nazi), y llegó a La Paz, el 5 de enero de 1929. Según Robert Brockman, Röhm era el único ser humano que podría tutear a Hitler. Vivió en un pequeño departamento ubicado en la casa de Franz Tamayo, en la calle Loayza. Röhm amó a Bolivia como su segunda patria, desempeño los cargos de Teniente Coronel del Ejército boliviano y tuvo a su cargo la jefatura de la Sección III del Estado Mayor.
Años más tarde, ya de vuelta en la Alemania Nazi, ubicado detrás de Hitler, lucía orgulloso en el cuello de su uniforme la estrella de seis puntas del Ejército boliviano.



PANDO FORMA EL DESTACAMENTO BAGE 11 DE INFANTERÍA PARA DEFENDER EL CHACO

Cobija - Bolivia 1936. excombatientes pandinos hacen entrega de la Bandera Nacional que enarbolaron en la Guerra del Chaco (Foto: Sol de Pando)


El 3 de Diciembre de 1933.- En el marco del Conflicto bélico de la Guerra del Chaco. En Cobija, Territorio de colonias, actualmente Pando, se formó un destacamento que partió de la ciudad el 3 de diciembre de 1933, a la zona de conflicto, en el camino se sumaron siringueros y lancheros, hombres que trabajaban en barracas, junto a otros que llegaban desde la frontera con el Perú, para adherirse al contingente Bage 11 de infantería. Tras su arribo a Santa Cruz, se dirigieron hacia el sudeste para al fin integrarse al frente de batalla a los combatientes en Cañada Strongest.


-----------------------
Links relacionados:
11 DE OCTUBRE DE 1902.BATALLA DE BAHÍA (COBIJA)

BREVE HISTORIA DE LA INMIGRACIÓN JAPONESA EN BOLIVIA (SANTA CRUZ)

El 15 de junio de 1999 la princesa Sayako fue la primera persona de la familia imperial en visitar Bolivia (Foto: Correo del Sur)

La decisión que tomaron varias familias japonesas en 1954 de trasladarse a Bolivia debió necesitar de bastantes huevos. Japón continuaba devastado por los efectos de la Segunda Guerra Mundial y sus autoridades coordinaban una migración planificada con el fin de reducir la población de entonces. Bolivia era uno de los países elegidos en América Latina. Durante el primer gobierno de Víctor Paz Estenssoro se acordó el ingreso de una determinada cantidad de familias que recibirían tierras y se establecerían en el oriente boliviano que, por entonces, estaba prácticamente deshabitado.
Pero una cosa era decidir y otra muy distinta cumplir la decisión. La única manera de cubrir los miles de kilómetros que separaban a Japón de Bolivia era siguiendo una larga ruta marítima que partía en el puerto de Yokohama y terminaba en el de Santos, Brasil. Había dos rutas: la del oeste, que cruzaba el océano Índico, y la del este, que iba por el Pacífico. En ambos casos la travesía duraba más de 40 días, que los migrantes aprovechaban para aprender el español y estudiar los datos disponibles del país en el que vivirían.
Una vez en Santos, se descansaba unos días para emprender otro largo viaje con rumbo a Santa Cruz. Y ni siquiera allí terminaba la travesía porque había que internarse en la selva hasta llegar al lugar que les había asignado el Gobierno. Los primeros inmigrantes terminaron su viaje el 15 de agosto de 1954, cuando se establecieron a orillas del río Grande, en la colonia que bautizaron como Uruma. Era selva pura así que se abrieron paso a punta de machete. En los claros construyeron precarias casas con pilares de troncos y techos de palmera. Ni bien se habían establecido, se enfrentaron a su siguiente desafío: los bichos. Las que parecían simples picazones se convirtieron en enfermedades y estalló la epidemia. La colonia tuvo que desocuparse y las casas se quemaron para acabar con el virus.
El Gobierno boliviano les asignó un nuevo lugar, también cerca del río Grande, unos 80 kilómetros al noreste de Santa Cruz de la Sierra. En recuerdo de la prefectura japonesa que dejaron en manos de los estadounidenses, los inmigrantes la bautizaron como Okinawa.


Más migrantes



Los japoneses establecidos en Okinawa necesitaban comer así que, tras verificar la productividad del suelo en el que vivían, comenzaron a sembrar arroz. Después de cubrir sus necesidades, vieron que podían ofrecer el producto en Santa Cruz pero, para ello, necesitaban un camino así que resolvieron construirlo. Su esfuerzo posibilitó que el consumo del cereal se difunda primero en Santa Cruz y luego se extienda a toda Bolivia.
Mientras los inmigrantes de Okinawa comenzaban a sembrar arroz y algodón, la migración planificada continuaba.
El 15 de mayo de 1955 llegaba otro grupo humano pero a un lugar más distante de Santa Cruz, a 124 kilómetros. Un total de 14 familias que sumaban 88 integrantes se establecían en San Juan de Yapacaní. Al igual que sus predecesores, levantaron las viviendas con sus propias manos y comenzaron a cultivar arroz.
En agosto de 1956 se firmó un convenio entre los gobiernos de Japón y Bolivia legalizando el ingreso y establecimientos de los inmigrantes que recibieron 25 hectáreas de tierra por familia. En 1957 llegó el grupo más numeroso hasta entonces: 159 personas de 25 familias que estaban resueltas a labrarse un destino en las fértiles tierras del oriente.

Más productos



En sus primeros años, los inmigrantes japoneses debieron tolerar tanto el clima como los peligros de la selva. Domaron el monte y, poco a poco, serpientes, tigres y capivaras fueron retrocediendo.
Al verificar la productividad del terreno diversificaron su producción y, además de arroz y algodón, sembraron yuca y maíz. También comenzaron a experimentar con un producto desconocido para los bolivianos: la soya.
Se organizaron de tal forma que su producción fue creciendo, al igual que sus tierras. Actualmente cada familia no posee 25 sino 250 hectáreas, en las que se produce una variedad de alimentos —incluidos frutales— y la avicultura, que también se masificó en Bolivia gracias al trabajo de descendientes de los japoneses.

Y los huevos



Trabajando en sus parcelas en un sistema que admite hasta tres generaciones, en familias en las que hasta los abuelos cumplen una función productiva, los japoneses vieron que las tierras de su alrededor también eran ocupadas por migrantes pero bolivianos. Familias de Potosí, Oruro y Cochabamba trabajaban parcelas pero, además de la siembra de alimentos, se dedicaban a la ganadería.
Los japoneses y sus hijos admitieron que la crianza de animales era una buena alternativa, pero optaron por la avicultura y empezaron a criar gallos y gallinas con el fin de aprovechar sus huevos.
Así, al igual que el arroz y el maíz, los huevos de los japoneses comenzaron a llegar a los mercados de Santa Cruz y de allí salieron con rumbo a los del resto del país. El problema de siempre era la falta de caminos; entonces, ellos los construyeron y se encargaron de su mantenimiento.
Con la ayuda de la Federación de Asociaciones de Ultramar, los inmigrantes mantenían y arreglaban las vías hasta que en 2003 se inauguró el esperado tramo asfaltado hasta San Juan de Yapacaní. Fue el paso definitivo hacia la producción masiva de alimentos, en la que los huevos jugarían un papel preponderante.
El sistema de trabajo de los japoneses fue el cooperativo y permitió que hacia 1971 se consiguiera la personería jurídica, dando nacimiento a la Cooperativa Agropecuaria Integral San Juan de Yapacaní (Caisy). En la otra colonia se consolidó la Cooperativa Agropecuaria Integral Colonias Okinawa Ltda. (Caico). Por su parte, la Federación de Asociaciones de Ultramar fue la base para la Agencia Japonesa de Cooperación Internacional (JICA, por sus siglas en inglés).
Actualmente, Caico y Caisy son respetadas marcas en la producción de alimentos pero, si de huevos se trata, la segunda no tiene parangón ya que aglutina a 100 socios que representan 100 granjas productoras de 25 millones de unidades de huevos, el 20 por ciento de la producción nacional.
Y como no solo de huevos vive el hombre, los descendientes de los inmigrantes japoneses han importado también sus recetas, con las que son capaces de preparar varios platos a base de huevo. Flan, sushi, paellas y ensaladas pueden diversificar la dieta de cualquier familia.
¿Hay novedades? Siempre. En San Juan de Yapacaní ahora se siembra macadamia, una nuez de arbusto originaria de Indonesia, que sirve para la industria del perfume y también se puede consumir directamente. En Caisy la procesan para el consumo humano y la cubren de chocolate antes de embolsarla o encajonarla. El producto es innegablemente delicioso y ya se encuentra en los supermercados del país.
Como al resto de los productores del oriente boliviano, a los residentes de Okinawa y Yapacaní les han afectado los embates naturales de los últimos meses, pero ellos están acostumbrados a las adversidades y lo más probable es que los superen con solvencia. Es que, al final, la agropecuaria es nomás cuestión de huevos.

Pollitos en masa



“Si el pollo es criollo, es de Yapacaní”. La afirmación se desvanece ante la realidad que se vive en las granjas de Caisy. Pero contiene otras verdades.
Los socios de Caisy crían miles de gallos y gallinas que son los que producen sus famosos huevos. Se selecciona a pisadores (sementales), que se destinan para la reproducción, y a las ponedoras, que son encajonadas de a dos en largos cobertizos donde ponen huevos durante por lo menos dos años. Al cabo de ese tiempo, su productividad declina así que son vendidas para alimento.
“Toda carne de gallina que encuentre en Santa Cruz es gallina de acá”, explica divertido uno de los descendientes de japoneses. “Locro, picante o hamburguesa… seguro que salió de acá. Hasta en las salteñas, así que no le venden salteñas de pollo sino salteñas de gallina”.
Pero no son gallinas criollas. Aunque la reproducción es natural (a un gallo le asignan unas siete gallinas), los huevos destinados a pollos son enviados a incubadoras, de donde salen los pollitos que son alimentados con productos balanceados y crecen con luz artificial. Luego viene la selección y… a poner se dijo. Y después… a la olla se dijo.

Japoneses en Bolivia



La importancia de la presencia japonesa en Bolivia dio lugar a la conformación de asociaciones nikkei (nombre con el que se designa a los migrantes de Japón y su descendencia), que no solo existen en Santa Cruz sino también en Pando, Beni y La Paz.
Esas organizaciones son la Asociación de Descendientes Boliviano-Japoneses de Trinidad, la Asociación Boliviano-Japonesa de Rurrenabaque, el Centro Cultural Boliviano Japonés de Riberalta, la Asociación Nikkei de Descendientes Japoneses de Guayaramerín, la Asociación Nikkei de Pando, la Sociedad Japonesa de La Paz, el Centro Social Japonés de Santa Cruz, la Asociación Boliviano-Japonesa de San Juan de Yapacaní, y la Asociación Boliviano-Japonesa de Okinawa.
Los descendientes de japoneses mantienen las tradiciones y cultura del país de sus padres y abuelos. Así como su idioma, que es enseñado en las escuelas de sus colonias.

Por: JUAN JOSÉ TORO / Fragmento de la nota publicada en el periódico Correo del Sur el 30 de abril de 2016.

ARTILLEROS E INFANTES, SINCRONIZADOS EN LA ÉPICA BATALLA DE KILÓMETRO SIETE



POR: DIEGO MARTÍNEZ ESTÉVEZ 

(Sintético relato)

Comida y refuerzos, ambos de máxima importancia no llegaban en las cantidades mínimamente requeridas de la zona del interior (mayormente desde la región central de Bolivia situado en promedio a unos 2 mil kilómetros de distancia hasta Boquerón, pues, localmente era imposible obtenerlo porque el gobierno argentino y a título de “neutralidad” le negaba a Bolivia la venta de sus productos alimenticios a través del Río Pilcomayo y sin embargo le prestaba su generosísimo apoyo y en todo sentido a su aliado el Paraguay). 

Sobre todo, la paupérrima alimentación producía bajas entre las tropas bolivianas, cuyos organismos extremadamente debilitados eran presa fácil de la disentería, el paludismo, incluso y entre los más débiles, pequeños rasguños rápidamente infectaban sus carnes hasta provocarles la muerte. Estos factores humanamente insalvables, provocaron la retirada de una parte del contingente del Primer Cuerpo de Ejército, desde la retaguardia de Boquerón, hasta más al sur de Alihuatá. 

Los soldados que se habían negado a esta retirada, recogiendo armas y municiones a lo largo del camino y sopesando la gravedad de la situación, resolvieron defenderse en Alihuatá. Destacaron puestos adelantados sobre los caminos que conducen a Rojas Silva y Arce en el norte; en tanto que en el sur (en dirección a su retaguardia) enviaron patrullas a Kilómetro 31 y kilómetro 22 sobre el camino que conduce a Saavedra.

Ante tan crítica situación, en la retaguardia más profunda – en Kilómetro 7 - como por milagro se hizo presente el tenientecoronel Bernardino Bilbao Rioja; modesto y retraído en su carácter y que claramente contrastaba con el perfil de ciertos oficiales. Bilbao, percatándose que Alihuatá no se prestaba para una defensa en vista que patrullas enemigas ya rondaban por el kilómetro 22 y ante la muchedumbre de soldados y sus oficiales presentes en ese punto tomó la palabra y transformó su aparente parsimonia en una impetuosa voz. Recogió la bandera tricolor, la plantó en el borde del “kilómetro Siete” y clavando su mirada al norte y en actitud desafiante gritó: “! Aquí están los 730 defensores y no pasarán!!!”

En seguida y luego de juramentar a los presentes, el terreno comenzó a ser organizado en el borde norte de Kilómetro 7.

No sólo fueron únicamente los infantes quienes decidieron detenerse en kilómetro 7. A su turno, los artilleros demostrando una vez más ser entre las otras Armas, los abanderados del espíritu de cuerpo, se reunieron para escuchar la arenga del mayor José Rivera:

“El que quiera cumplir con su deber que lo diga con honradez. Somos llamados al sacrificio, el que no se sienta con fuerzas para morir por la patria, puede optar por la retirada”.

“Eso no podemos hacer” – fue la respuesta general.“Entonces a escribir su testamento” – respondió el mayor Rivera.

El prestigio profesional de Rivera había ganado el respeto entre sus camaradas de armas. No en vano era opinión generalizada que el mejor de los artilleros bolivianos era el mayor Rivera. 

Durante el repliegue boliviano que tuvo lugar hasta Kilómetro 7, los sirvientes de artillería se vieron obligados a abandonar una de sus piezas. En el acto, dos oficiales - los tenientes Antonio Seleme y Hintze - conduciendo un vehículo emprendieron marcha hasta el sector dominado por el enemigo, para sorpresa de todos y dando tumbos en el camino, aparecieron con su cañón remolcado.

En estas mismas circunstancias, el teniente La Rosa, mientras cumplía la misión de observador adelantado, su sector fue rodeado y sus camaradas lo dieron por perdido, pero volvió replegándose a tiros. 

Cuando los 665 soldados (este número es proporcionado por el ex combatiente capitán Santiago Pol Barrenechea), decidieron detenerse en kilómetro 7 para jurar que NO PASARÁN, la artillería dislocó sus piezas para apoyar a la defensa.

Para la batalla de “Kilómetro Siete” o “Campo Jordán”, Rivera mandó a abrir “picadas” (sendas), para los observadores adelantados y de enlace entre las piezas. Oficiales y soldados abordaron la tarea del levantamiento topográfico midiendo distancias, calculando derivas y reglando los tiros en abanico hacia puntos críticos preestablecidos. Datos estos centralizados en la denominada “plana mayor”, encargada de conducir los tiros. 

Desde el 5 de noviembre de 1932 comienza a perfilarse la gran batalla cuando el pajonal que se extendía por delante fue siendo sembrado de cadáveres paraguayos. Al día siguiente, más de 10 mil soldados paraguayos atacaron en todo el frente extendido en más de 10 kilómetros.

Para la Batería Rivera, la apertura de fuego se inició a las 8 de la mañana, en respuesta al violento fuego de la artillería enemiga que apoyaba el ataque de millares de soldados. Fue esta fecha, el primer gran duelo de artillería sostenido entre ambos adversarios.

Voces de mando como las siguientes eran rutinarias: ¡Batería Siete! Deriva 4320…Distancia 5.600 ¡Dirección derecha de la picada Alihuatá! Tiro con granadas sensible, a intervalos ¡Atención: fuego!!!

Las bocas vomitaban sus proyectiles de muerte y a lo lejos se escuchaba el estampido y simultáneamente el resplandor. A su turno y como ecos, los batracios, desde los lodazales emitían similar ruido a las explosiones.

El combate duró todo el día bajo el paraguas de una feroz lluvia acompañado de rayos que parecían formar parte del concierto de muerte. En un momento dado, dos piezas de artillería aparecieron en primera línea, pero la oportuna intervención de otras piezas más la infantería despejó el peligro; los paraguayos que rodeaban el sector cayeron segados por los mortíferos proyectiles que al rojo vivo surcaban los aires para incrustarse en sus cuerpos. Rápidamente, ambas piezas fueron replegadas a lugar seguro.

El 7 de noviembre, la batería del mayor Rivera recibió como refuerzo a la Batería Velarde. En sincronía con la infantería, las bocas de los cañones volvieron a rechazar los ataques.
.

El 8 de noviembre se produjo mayor carnicería cuando el enemigo atacó en todo el frente hasta situarse a cincuenta metros de la posición defensiva. Pero no contaron con la ocurrencia del Comandante del Regimiento Campero, que ante la gravísima situación, por toda la línea de defensa hizo pasar la voz de: “Alistar las granadas de mano”. Los paraguayos captaron la intención y comenzaron a retroceder y fue el momento para producirles nuevas bajas desde la copa de los árboles y trincheras. Por entonces, el ejército boliviano no contaba con granadas de mano, tampoco con morteros. Particularmente este día la lucha fue feroz. Los paraguayos atacaban el centro y las alas del dispositivo defensivo. Nuevamente el Comandante del Regimiento Campero – cuya unidad cubría el ala derecha - les tendió otra trampa, esta vez permitiendo que las patrullas enemigas incursionaran en su sector, haciéndoles creer que no se encontraba cubierta (los defensores ocultos no abrieron fuego). Esta ala estaba cubierta por dos compañías al mando de los bravos, teniente Héctor Saucedo y el subteniente Néstor Valenzuela; al replegarse las patrullas enemigas, los oficiales montaron una zona de muerte cruzada por ametralladoras pesadas y fusilería. No tuvieron mucho que esperar; al rato se concentraron dos unidades paraguayas: el regimiento Acaverá y el 3 de infantería. El ruido de las ramas anunció su presencia y cuando se aproximaron a los 40 metros, los soldados escucharon el silbato que anunció la apertura de fuego y en seguida se produjo una espantosa carnicería entre los atacantes. Tampoco la artillería boliviana se dejó esperar; ese punto también se encontraba reglado.

A lo largo de estos días, la artillería ya se encontraba familiarizada con sus distintos sectores de tiro claramente identificados con datos precisos, de tal modo que cualquier concentración enemiga en tal o cual sector, era dispersada por los aires.

En estas circunstancias, entre los soldados capturados se encontraba el teniente Rolón, quién, al percatarse de la formidable fortificación y gran acopio de material para la defensa, se llevó las manos a su nuca para exclamar:

- “Caray, qué prendida. Cómo será de mis pobres. Si siguen atacando no ha de quedar uno para contar la historia”.

Este oficial, como los demás, estaba muy convencido que en virtud a sus triunfos en Arce y Alihuatá, pronto almorzarían en Muñoz. Con esta creencia se lanzaron a inmolarse cumpliendo la orden de su comandante, el general Estigarribia, el mejor aliado de Bolivia en esta guerra, por cuanto a lo largo de ella, reeditaría en futuras batallas sus ataques suicidas y que al final de la campaña, su ejército – de unos 40 mil – quedará reducido a poco más de 12 mil combatientes. 

El 10 de noviembre de 1932 –fecha memorable para las armas bolivianas como lo constataremos a continuación - al tener conocimiento que el enemigo había retrocedido a sus posiciones iniciales y procedía a organizar el terreno con la finalidad de encubrir un nuevo ataque y para esta oportunidad reforzado con unidades frescas, el comandante del Primer Cuerpo del Ejército - general Guillén - habiéndose informado de tal intención ordenó el contraataque. Para este día, los casi 700 voluntarios reunidos para cumplir su juramento de NO PASARAN, fueron sostenidamente reforzados los tres días anteriores con alícuotas de los regimientos Murguía, Abaroa, Chichas, 25 de Infantería y el Destacamento “A” , llegando a sumar el Destacamento Bilbao con 2.340 hombres. 

Su dispositivo de contraataque tuvo la siguiente organización:

En el ala derecha:
Los regimientos Campero, Abaroa y Destacamento “Z”.

En el centro:
Los regimientos Loa y 25 de Infantería, ambas unidades al mando del mayor Germán Jordán. 

En el ala izquierda:
Los regimientos Campos, Chichas y Murguía - este último al mando del mayor Florían Montán - apoyados con 12 piezas de artillería al mando del mayor José Rivera luna, más dos escuadrillas de aviación, cada uno de seis aviones. 

El día “D” se estableció para el 10 de noviembre y la hora “H” a las 02:30 AM. para el ala izquierda; para el centro y ala derecha, a las 05:30 AM. La artillería rompió el fuego por todo el frente a fin de ocultar la intención. 

Llegó la hora y al unísono se dejaron escuchar en todo el frente las voces de: ¡AL ASALTOOOOO!!! Y la respuesta de: ¡VIVA BOLIVIA!!! Otros comandantes emitan su orden por medio de sus silbatos.

Lo soldados saltaron de sus posiciones apuntando su frente con sus bayonetas caladas dispuestas a penetrarlas en los cuerpos de los sorprendidos paraguayos que pese a verlos correr desde los 60 – 70 metros de distancia, no atinaron a reaccionar. Así se inició una gigantesca lucha de cuerpo a cuerpo; las cajas torácicas, una tras otra o al unísono, crujían sordamente con el impacto del proyectil disparado desde centímetros de distancia. En el semblante de los bolivianos se podía nítidamente apreciar emociones de furia, alegría y venganza. Los sobrevivientes huían despavoridos mientras desde el cielo, eran ametrallados en macabro concierto con las ametralladoras de tierra que rápidamente agotaban sus bandas de munición.

La masa humana en desbande fue perseguida a lo largo de cinco kilómetros. Eran las cuatro de la tarde y el inmenso cañadón se había saturado de cadáveres. LA BATALLA DE KILÓMETRO SIETE TODAVÍA NO HABÍA CONCLUIDO.

Los bolivianos, en previsión a una contraofensiva enemiga retornaron a sus posiciones originales El resto del mes los disparos de trinchera a trinchera persistieron. La caballería enemiga exploraba el flanco izquierdo y este sector fue ampliado en tres kilómetros; la batería Rivera fue misionada para localizar un nuevo emplazamiento para una parte de sus piezas y encontró en Puesto Montaño (ver carta militar adjunta), un pajonal donde las instaló y a fin de evitar que la aviación descubriera la senda que abrió, la mando a cubrir con ramas verdes. Todo el trabajo demoró desde el 26 al 30 de noviembre. Al otro día – 1ro. De diciembre - y precisamente en el pajonal, desencadenó su ataque el esfuerzo principal de la maniobra enemiga; sus unidades habían realizado un enorme rodeo abriendo una senda para aparecer en el flanco y retaguardia del extremo Este de toda la posición defensiva boliviana; como medida de engaño buscaron hacer creer que su verdadero ataque se produciría en el frente y flanco contrario.

Antes de caer fulminado por disparos, uno de los observadores adelantados de Rivera que se encontraba apostado en un árbol tuvo tiempo para alertar al telefonista, éste, recogiendo su aparato se replegó hasta la central de tiro dando parte del numeroso efectivo enemigo que avanzaba por el pajonal o “isla”. Este día, la artillería boliviana se lució con sus certerísimos disparos. La infantería intervino y el combate se prolongó desde las seis de la mañana hasta las ocho y treinta. Dos horas más tarde, este sector defensivo fue reforzado llegando a extender su línea en dirección sudoeste. La artillería enemiga disparaba a ciegas, sin poder localizar la procedencia de las granadas bolivianas.

El 2 de diciembre, el tozudo de Estigarribia ordenó reanudar el ataque logrando apoderarse de toda la isla, bautizada ahora por los bolivianos como “1ro. de Diciembre”. La isla fue fortificada en todas direcciones y simultáneamente realizaron los mismos trabajos pero en un solo frente y también en el interior del monte cubriéndolo para denotar su inexistencia. Su medida de engaño consistía en simular un fortísimo contraataque para enseguida simular una desordenada retirada hasta alcanzar sus posiciones mimetizadas y desde allí, batir a los bolivianos de quienes aguardaban su persecución como ocurrió el pasado 10 de noviembre. Efectivamente, las unidades paraguayas, concentradas frente al flanco y ala izquierda bolivianas, atacaron impetuosamente y otra vez fueron enérgicamente rechazadas por la infantería y perseguidas por decenas de granadas de artillería hasta más allá de sus posiciones mimetizadas. 

Nuevamente, Estigarribia ordenó sucesivos ataques en diversos puntos del frente, ataques que se sucedieron hasta el 10 de diciembre. Para este fin, el comandante enemigo recibió considerables refuerzos e incrementó su potencia de fuegos; contaba con cinco baterías de artillería, de los cuales dos eran obuses de 105 mm. Sus ataques fueron sucesivos desde el 2 de diciembre, resultando todos inútiles, aunque desde los árboles y con su enorme cantidad de ametralladoras, controlaban la circulación de los abastecimientos, obligando a las tropas bolivianas a combatir con exiguas raciones de alimentación y agua.

El más infernal de los ataques a lo ancho del frente ya de 15 kilómetros, se produjo desde la madrugada del 8 de diciembre hasta altas horas de la noche y lograron aproximarse hasta los 30 metros en el ala derecha defendida por el regimiento Loa. Al no poder hacer caer este sector, optaron por atacar el ala izquierda y ganaron terreno hasta posicionarse a 30 metros de la línea de trincheras, sin embargo, la artillería, orientada por los observadores adelantados vomitaron una lluvia de granadas a retardo en tiempo; es decir, explotaban a 20 metros sobre las cabezas de los atacantes para ser diezmados por sus infinitas esquirlas que como lluvia repartían su mensaje de muerte. 

El 9 de diciembre, la artillería recibió la orden de concentrar todo su fuego sobre la “Isla 1ro.de Diciembre”, con el objeto de limpiarla de presencia enemiga. Para este propósito, las baterías de artillería se dislocaron en línea, dando comienzo a su fuego de barrera, que como un rodillo de fuego, los disparos incrementaban su distancia de explosión de 50 en 50 metros, provocando el terror entre los atacantes que miraban las explosiones como el preludio de una muerte anunciada. 

Muy temprano del día 10 de diciembre, las patrullas desprendidas del sector defensivo comprobaron que en la isla no existían señales de vida. En su rastrillaje encontraron centenares de cadáveres insepultos. Tres días más tarde, el testarudo de Estigarribia, comprendiendo su derrota se atrincheró.

A lo largo del 14 de diciembre, de todos los sectores del frente alargado en 15 kilómetros, las unidades remitían sus partes dando cuenta de haber encontraron entre 300 a 400 muertos. Más de 2 mil bajas contabilizaron las tropas sin poderse determinar la cantidad de heridos evacuados por los suyos.

Más al norte de Boquerón y desde el 12 de diciembre, el esmirriado Segundo Cuerpo de Ejército boliviano, con su grito de guerra de ¡ARDE O NO ARDE!!! , despejará de enemigo los sectores de Loa, Bolívar, Jayucubás, Platanillos y el camino de Corrales a Toledo, sembrando por doquier el pánico y la muerte entre las unidades paraguayas. (Sobre este episodio y en este mismo grupo, les sugiero leer el artículo titulado: 

¿QUIÉN ERA ESA MUJER DE NOMBRE BETTY, EN CUYO HONOR, EL CAMPO ATRINCHERADO A DONDE LLEGÓ, FUE BAUTIZADO CON SU NOMBRE?)

10 DE ENERO DE 1920.- SUSCRIPCIÓN DEL ACTA PROTOCOLIZADA DE 10 DE ENERO DE 1920


Emilio Bello Codecido


En 1920, el diplomático chileno acreditado en La Paz, Emilio Bello Codesido suscribió un acta con el Canciller boliviano Carlos Gutiérrez. Dejó establecido que existía por parte del gobierno de Chile el mayor deseo de procurar un acuerdo con Bolivia que le permitiera obtener una salida propia al Océano Pacífico, independientemente del Tratado de 1904.



Bello Codesido, debidamente autorizado por su Gobierno reconoció la necesidad boliviana de una salida propia al mar y presentó una oferta concreta: Chile cedería una zona importante al norte de Arica y de la línea del ferrocarril que se hallaba en los territorios sometidos al resultado del plebiscito, que debía realizarse de acuerdo al Tratado de Ancón.

EL DIARIO DE CAMPAÑA DE LA INJUSTA GUERRA DE 1879



Luis Oporto Ordóñez (*) / La Época, febrero de 2015

Un Diario de la Guerra del Pacífico La tradición castrense de documentar sus fastos, facultó al presidente Hilarión Daza a instruir la redacción de un Diario de campaña al joven abogado José Vicente Ochoa, documento de valor trascendental para la historia de aquella guerra injusta, provocada y planificada por Chile para apoderarse de las riquezas del guano, salitre y cobre en el Litoral boliviano. Es imperioso que su contenido sea conocido por los ciudadanos de Bolivia, Perú y Chile, pues permitirá comprender mejor la naturaleza íntima de ese conflicto internacional, motivado por la ambición de la oligarquía chilena que buscaba ensanchar sus fronteras por medio de una guerra de ocupación y conquista. El Diario fue escrito en condiciones álgidas, “a vuelapluma, muchas veces sobre el lomo de bestia ó en medio del vivac de la campaña y quizá tras del fragor del combate”. El joven cronista llevó el Diario de Campaña “con fidelidad estricta y a medida que se producían los acontecimientos”, responsabilidad complicada y compleja pues debía mantener criterio independiente y procurar la revelación exacta de hechos y tratar de capturar “los caracteres de los diversos actores sociales”. El Diario debía ser “un retrato de la situación moral y material del Ejército de Bolivia, durante la Guerra del Pacífico”. Su autor, combatiente singular en ese insano conflicto, usaba la pluma más no el fusil o la bayoneta. Siguió al Capitán General y al Ejército que se desplegó de La Paz a Tacna; hizo viajes intermitentes con el presidente Daza y la Legión Boliviana a Arica, y luego enrumbó a Camarones, de cuya inexplicable retirada fue testigo. 

En gran medida alcanzó su objetivo, pero como no podía ser de otra manera, su visión se extendió al Ejército del Perú y a la sociedad de Tacna y Arica. Revela las claves de esa campaña, desarrollada en medio de la miseria humana escondida detrás de los uniformes militares de gala de los Directores Supremos de la Guerra, los presidentes del Perú Mariano Prado y Bolivia Hilarión Daza. Felizmente para la historia y el honor de Bolivia, rescata el desempeño de pundonorosos jefes militares; de los jóvenes ilustrados de la élite de La Paz, Oruro, Potosí, Sucre, Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra, que conformaron la Legión Boliviana y de la noble tropa de artesanos que formaba el grueso del Ejército Nacional, que enfrentaron su destino con genuino heroísmo, honra, valentía y temeridad. Es cierto que su crónica adolece de un gran vacío, pues en ella no figuran los soldados indígenas ni las valerosas rabonas, combatientes extraoficiales de la guerra del Pacífico. No es de extrañar, pues ese ejército novecentista reflejaba la condición de casta de aquella cultura señorial, patriarcal, racista y elitista. Para ella, los indígenas y las mujeres no existían. Tacna bordeaba los diez mil habitantes y con el Ejército boliviano aumentó una suma igual “y quizá mayor”, dice el cronista, refiriéndose implícitamente a las Rabonas, mujeres del pueblo que seguían a las tropas del Ejército. “Mestiza, baja de estatura, de formas turgentes, facciones incorrectas, tez cobriza, cabellera de ébano, cortada al nivel de la nuca, y de tal modo desgreñada que suele cubrir su rostro pálido, ajado, como el velo de la viudedad, de la inocencia. Allá van cabalgadas en acémilas y asnos, llevando pendientes, tanto por detrás y por delante, como por uno y otro costado, útiles de cocina, comestibles, arreos harapientos de viaje, un niño de pechos a la espalda, un kepi en la cabeza, un fusil en la maleta, una fornitura en la montura o una bayoneta en la mano”. 1 

Estrategia expansiva chilena: invasión y asalto del Litoral boliviano

Chile heredó una miserable franja aprisionada por la Cordillera de los Andes al este y el océano Pacífico al oeste. La propiedad de Litoral boliviano nunca fue puesta en cuestión por Chile hasta el descubrimiento de importantes depósitos de guano y salitre en el desierto boliviano, por los hermanos Latrille, con permiso del gobierno de Bolivia. Desde ese hecho, Chile desarrolló una política de fronteras vivas: La oligarquía chilena aprendió las lecciones que le dejó la amarga humillación que le infirió la Confederación Peruano-Boliviana, en la que sufrió notable derrota en Paucarpata, aunque en mala hora el magnánimo Mariscal Andrés de Santa Cruz, les perdonó la vida y permitió que la flota enemiga zarpara íntegra rumbo a Chile. Error que le costaría caro al Mariscal, pues la Armada chilena regresó triunfante y fortalecida, obligándole a suscribir el Tratado de Yungay en 1839, dando fin a la Confederación y forzando el exilio del gran estadista de origen aymara. Error histórico para Bolivia y el Perú, pues desde entonces Chile se preparó para la guerra de expansión, adquiriendo pertrechos, dotándose de una escuadra naval, formando un ejército de línea, lo más profesional posible, sin mucho recluta. Planificaron el asalto, metódicamente, con afán enfermizo, para asaltar territorio ajeno. Por ley del 31 de diciembre de 1842, declaró de su propiedad “las guaneras que existen en las costas de Coquimbo, en el litoral del desierto de Atacama y en las islas y lotes adyacentes”. En 1846 invadió Punta Angamos. En 1853, fuerzas militares ocuparon Chancaya, al norte de Mejillones. En noviembre de 1857, volvió a ocupar Mejillones. En 1863, cínicamente propuso a Bolivia ceder su litoral y sus puertos, a cambio del apoyo de Chile para la ocupación por Bolivia del litoral peruano hasta Sama.

El Tratado del 6 de agosto de 1866 cedió a Chile, como límite, el paralelo 24, más la mitad de los productos de guano de Mejillones y de otros que se descubrieran entre los paralelos 24 y 23, la mitad de los derechos de exportación sobre minerales y la libre importación de productos chilenos por Mejillones. Interpretando erróneamente su alcance, otorgó permiso a Melbourne Clark y Cía, para explotar el litoral boliviano, provocando la reacción de Bolivia que rechaza el Tratado de 1866. 

Buscando impedir el asalto: un Tratado de Alianza Defensiva

La tradición marítima y el poderío naval del Perú detuvo momentáneamente los aprestos bélicos de la invasión, pero paradójicamente esa supremacía motivó que Chile se armara. En 1871, Chile encargó en Inglaterra la construcción de dos poderosos buques blindados para imponer su supremacía naval: el “Blanco Encalada” y el “Cochrane”. Alarmado, el gobierno del Perú receló del armamentismo chileno, afirmando que “Chile se ha contraído a preparar sus elementos de guerra y fuerza naval, pues no tenía motivo ninguno especial que le aconsejara precaverse de enemigos exteriores. No es pues, arriesgado suponer que tales preparativos hayan tenido una mira hostil y agresiva, cuando no se explican por la necesidad de la defensa”. 2 Ante esa coyuntura, el gobierno de Bolivia promulgó la ley de 8 de noviembre de 1872 que autorizó al ejecutivo para solicitar el apoyo del gobierno del Perú. El esclarecedor análisis del Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, establece que: “permitir que la agresión se realizara y que Chile se apoderara de ese territorio de Bolivia, hubiese sido una política suicida. Bolivia abandonada por el Perú, se habría arrojado, sin escrúpulos, en brazos de Chile; y habría tratado de recuperar en el norte, a expensas del Perú, el litoral del cual Chile la despojaba. El dilema era inevitable: o el Perú permitía la conquista chilena, y entonces en un futuro próximo, encontraría aliadas contra él a Chile y Bolivia; o intervenía en defensa de esta última, para obtener un arreglo equitativo que le asegurara su litoral, y entonces corría el riesgo de verse envuelto en un conflicto con Chile”. 3 Ante lo inevitable, Bolivia y Perú suscribieron un Tratado Secreto de Alianza Defensiva, para impedir cualquier agresión desde Chile, “deseosos de estrechar de una manera solemne los vínculos que las unen, aumentado así su fuerza y garantizándose recíprocamente ciertos derechos”. Existía un interés genuino del Perú para suscribir el Tratado de Alianza Defensiva, muy diferente a lo que la historiografía tradicional ha señalado, es decir que Bolivia habría forzado al Perú a suscribirlo. Chile tenía dos alternativas: avanzar sobre el territorio de la Patagonia, o invadir el norte, hasta el desierto de Tarapacá. Sólo con una guerra internacional podrían cumplir con ese propósito, por lo que planificaron cuidadosamente todos los detalles, antes de dar el golpe artero. Ante el imponente ejército argentino, decidieron marchar al norte. Tan anhelada oportunidad llegó cuando Bolivia usó su legítimo derecho de gravar una ínfima gabela a la industria extractiva instalada en el territorio de su Litoral, como afirma el joven Ochoa: “Sólo la perfidia de Chile, acosado por la fiebre de su bancarota, podía provocar esta guerra por la codicia de unos escudos, a fin de aliviar su caja pública y de extender su negra mano sobre territorios riquísimos de Bolivia y el Perú ambicionados há mucho por el chileno”. Fue el pretexto que esperaba la oligarquía chilena para desencadenar los acontecimientos, ordenando invadir a la indefensa Antofagasta el 14 de febrero de 1879. 

¿Provocó Bolivia la guerra? ¿Bolivia, honró sus obligaciones? 

Al término de la guerra, el historiador peruano Tomás Caivano visitó Bolivia, como requisito previo para la publicación de su libro. Redactada con discurso victimizador la obra caló hondo en el imaginario y marcó impronta en la historiografía de esa época, juzgando con dureza a Bolivia: “Bolivia fue la causa principal o, por lo menos, el pretexto de la guerra del Pacífico; pero su acción poco o nada se dejó sentir en los campos de batalla, no obstante las solemnes promesas que hizo cuando, al principiar el conflicto, vio invadido por sorpresa su territorio de Atacama, y pidió, a título de aliada, el socorro y la protección del Perú”. 4 En la víspera de la salida de La Paz, el Diario registró el entusiasmo ardiente de la gente: “Lloran los que se quedan, no los que van”, afirmó a tiempo de parafrasear a Lamenais: Benditas sean tus armas! y Castelar: Santo glorioso es sacrificarse por la Libertad y la Patria. Vivir la vida de los héroes y morir la muerte de los mártires”. El Ejército nacional, formado para intervenir en la Guerra, salió de La Paz a enfrentar su destino. Ese Ejército marchó durante 13 días, cubriendo un itinerario que se mantuvo en secreto, pues los “espías de Chile en La Paz informan que el ejército salía por Puno, pero se llevaron un chasco, al tratar de cortar el paso”. El historiador peruano, ignoró la verdad de estos hechos, pues Bolivia envió su Ejército de línea, al que se sumaron artesanos voluntarios, los repatriados del Litoral y reclutas de la élite nacional, como el Murillo de La Paz, los Libres del Sud de Sucre y Potosí, Vengadores de Colquechaca, Vanguardia de Cochabamba, Velasco de Santa Cruz, que formaron la Legión Boliviana, bajo el mando exclusivo del Presidente Daza. Ese Ejército de 10.000 hombres, sin embargo, quedó estacionado en Tacna. 

¿Por qué razón, el Ejército de Bolivia se mantuvo inactivo en Tacna?

El Diario revela que ese Ejército no se movió de Tacna por una estrategia definida por el Director Supremo de Guerra, Mariano Prado, y el alto Mando del Ejército peruano: “La permanencia en Tacna, que parece indefinida —dice el cronista—no hace más que aniquilar nuestras tropas […] La vida es carísima en esta ciudad; se ha triplicado el valor de todo y para todo. Tacna decaía en su comercio y ahora parece aprovecharse de nuestra estadía… Entre tanto cada día llega más gente boliviana y se anuncia la llegada de mayores tropas, que han de consumir los fondos de la guerra”. Intiuitivamente la población de Tacna elucubraba en torno a la presencia de la tropa boliviana. El inteligente cronista, en su Diario del 8 de mayo, recoge “…las hablillas que corren, como aquella de que lo único que afanaba al Perú para que el ejército boliviano venga a Tacna, era el peligro que esta ciudad y Arica corrían sin estar guarnecidos por el valor boliviano”. El talante del Alto Mando boliviano era distinto. El 8 de junio, el Gral. Daza escribe al Gral Mariano Ignacio Prado: “Ojalá […] inicien pronto una campaña más resuelta y decisiva que la actual, en la que parece que la inacción nos mata”. El 9 de julio, reitera “la necesidad de emprender de una vez la ofensiva sobre el enemigo con el resto del ejército boliviano”. La respuesta de Prado y Montero hizo constar, desembozadamente, que “desocupando el ejército boliviano a Tacna y Arica, este Departamento quedaría expuesto a ser ocupado por el enemigo que se apoderaría de la llave de comunicación entre el Sud y el Norte del Perú y de éste con Bolivia”. Sin embargo, la “lamentable y pasiva residencia en Tacna” provoca la disminución notable de la Legión Boliviana, “por las muchas licencias que se solicitan. Es evidente que los generales peruanos hicieron lo imposible para mantener a Daza en Tacna: El Director Supremo Prado le invita a conferencias secretas en Arica; Montero organiza cacerías en la Isla de Alacranes, “en la barca a vapor “Sorata”.(5) Se le ofrece ágapes y obsequios diversos. El 5 de mayo, el Gral. “Montero obsequió a Daza un rifle precioso, sistema Winchester, diciendo que él deseaba que con esa arma derribara muchas cabezas enemigas y coronara la obra de la victoria que el ejército unido ha de realizar bajo sus órdenes”. El 20 de mayo, “el Gral. Prado invitó a tomar dos copas: una por el valiente ejército de Bolivia y otra por todo el pueblo, por la nación, por la familia boliviana que le era tan simpática y tan querida, por ver en ella a la hermana nata de la República del Perú”. El 20 de septiembre, la Sra. Rosa Elías, esposa del Gral. Montero, le obsequió una pluma de oro “destinado al ilustre patricio [que] servirá para firmar los Tratados de Paz con el enemigo común, después de haber castigado sus actos de perfidia, y de hacer triunfar los fueros de la justicia y del derecho….”. El Gral. Luis La Puerta, primer Vicepresidente del Perú, le entregó el 3 de octubre una “magnífica montura con sus accesorios de obsequio”. 

* Historiador. Docente titular de la Carrera de Historia Director de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional. 
1 Joaquín Lemoine: “La Rabona”, en Diamantes sudamericanos. París, Louis-Michaud, [1908]: 29. 
2 José Pardo y Barreda: Historia del Tratado “secreto” de Alianza defensiva entre el Perú u Bolivia. Lima, Editorial Milla Batres, 1979: 23. 
3 Ibid, pp. 22. 
4 Tomás Caivano: Historia de la guerra de América entre Chile, Perú y Bolivia. Callao, Lima, Museo Naval, 1977. Serie: Biblioteca del Oficial, Vol. 3. T. II, p. 5. 
5 El Diario revela que “esta embarcación, vino desarmada del Titicaca y se ha echado a bogar en Mollendo, en las aguas del gran Océano”.


¿MANUEL ISIDORO BELZU NACIÓ EN ORURO?

Zenón Nuñez Huanca - Teatro municipal de Poopó 1924 (Oruro) Por: Ramiro Duchén Condarco - Periodista e investigador / Publicado en...

Popular Posts